Fiona no se anduvo con rodeos:
—Samu, Silvia desapareció.
La voz del hombre al otro lado de la línea denotaba una conmoción total:
—¿Cómo que desapareció?
—Salió con Helena a regar las plantas y estaba jugando con la máquina de burbujas a un lado. Helena dice que fue cuestión de un instante, y ya no estaba.
La voz de Fiona se quebró en un llanto contenido; sus manos apretaban el volante con cada vez más fuerza, hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Samuel pareció escuchar el ruido de fondo y preguntó en voz baja:
—¿Vas camino a casa?
—Sí, llego en diez minutos.
—Bien, trata de no desesperarte. Voy para allá ahora mismo.
Tras colgar la llamada, Fiona se concentró en conducir, pero la angustia en su pecho se negaba a desaparecer.
En cuanto Fiona llegó a casa, Helena se acercó rápidamente, con el rostro desencajado por los nervios.
—Lo siento mucho, señorita Santana. Jamás pensé que pasaría algo así, fue mi culpa por no cuidar bien a la niña...
En los ojos de Helena solo se veía culpa y remordimiento.
Fiona frunció el ceño, intentando mantener la calma todo lo posible.
—Primero vamos a revisar las cámaras de seguridad.
—Está bien.
Ambas fueron al estudio y comenzaron a revisar las grabaciones.
Fiona buscó según el horario que le dio Helena y finalmente encontró algo sospechoso.
Una furgoneta blanca se detuvo de repente al otro lado de la calle. Un hombre con gorra y cubrebocas corrió hacia donde estaba la niña.
En ese momento, Helena y Silvia estaban de espaldas a la calle, por lo que no notaron al sujeto acercándose.
El hombre llevaba un trapo en la mano, probablemente empapado en cloroformo o algún químico similar, porque en cuanto le cubrió la boca y la nariz a la niña, ella se desmayó al instante.

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