—Está bien, vamos juntos a la delegación.
—Vámonos.
Ambos llegaron a la estación de policía, explicaron la situación con detalle y mostraron el video a los oficiales.
—Basándonos en el video, no podemos determinar si es un secuestro exprés o trata de personas; necesitamos investigar más para confirmarlo.
El oficial los miró y su rostro se ensombreció.
Fiona asintió, quedándose callada.
—Si se trata de un secuestro dirigido, ¿tienen algún sospechoso? ¿Han tenido problemas con alguien recientemente?
La imagen de Daniela cruzó por la mente de Fiona.
En el pasado, ella había ido personalmente a la guardería para llevarse a Silvia.
Pero esto no parecía obra de Daniela. Si ella quisiera llevarse a la niña, se lo habría dicho directamente o habría ido ella misma. Además, la última vez dejó claro que lo que quería no era a la niña, sino al hombre.
Si hablaban de enemigos recientes, realmente solo había un par.
Una era Úrsula, y la otra, Bianca.
Esta última estaba con el agua hasta el cuello con sus propios problemas; era imposible que tuviera tiempo para atacarla ahora.
Así que, por el momento, solo había una posibilidad...
Úrsula.
—Úrsula —soltó Fiona sin dudarlo.
Tanto el oficial como Samuel levantaron la vista y la miraron.
El policía frunció el ceño.
—¿Úrsula? ¿Qué relación tiene con usted? ¿Han tenido conflictos previos? Por favor, explíquenos a detalle.
El sollozo inicial se transformó en un llanto desconsolado; su voz temblaba al hablar:
—Es mi culpa, le fallé. No la cuidé bien y por eso le pasó esto. No sé dónde está ahora, ni si la golpearon o si está sufriendo.
Los ojos de Samuel también se humedecieron.
Silvia era una niña tan buena... Si algo malo le pasaba...
Ni siquiera se atrevía a pensar en esa posibilidad.
Tras calmarse un poco, le susurró para consolarla:
—No tengas miedo. La voy a encontrar cueste lo que cueste. Aunque tenga que voltear todo Santa Matilde de cabeza, voy a recuperar a la niña.
Fiona estaba aterrada, pero al escuchar la firmeza en la voz de él, se sintió un poco más tranquila.
Para ambos, aunque Silvia no fuera su hija biológica, la querían como si lo fuera. Si algo le sucedía a la niña, jamás podrían volver a vivir en paz.

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