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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 770

Al salir de la estación de policía, Samuel condujo con Fiona y recorrieron los alrededores, esperando tener suerte y encontrar alguna pista del paradero de la niña.

Buscaron hasta las doce y media de la noche. Fiona, vencida por el agotamiento físico y emocional, no pudo aguantar más y terminó quedándose dormida en el asiento del copiloto.

Samuel suspiró y decidió llevarla a casa.

La llevó en brazos hasta su habitación, la recostó con suavidad en la cama y la cubrió con las cobijas.

Al mirar a la mujer dormida, sintió que el corazón se le hundía en un pozo sin fondo.

Sin encontrar a la niña, sabía que él no podría pegar el ojo en toda la noche.

Miró su celular; ya era la una de la madrugada. Cada minuto de espera era un minuto más de peligro, así que no quería seguir aguardando.

Úrsula.

En cuanto ese nombre surgió en su mente, la atmósfera a su alrededor se volvió gélida y opresiva.

Una corazonada le decía que esto tenía que ver con ella.

Al ver que Fiona dormía profundamente, lo pensó un momento y decidió conducir hasta la casa de Úrsula.

Fuera cierto o no que ella estaba involucrada, tenía que ir a interrogarla personalmente.

Al llegar a la puerta de la casa, el hombre no lo dudó: levantó la mano y golpeó la puerta con fuerza.

Estuvo tocando casi medio minuto hasta que alguien se dignó a abrir.

Azucena miró a través de la reja de seguridad y reconoció de inmediato a Samuel parado afuera.

El sueño se le espantó de golpe y la sorpresa inundó su mirada.

—¿Señor Flores? ¿Qué hace en nuestra casa? Y a estas horas... ¿Pasó algo urgente?

—Vengo a hacerle unas preguntas a Úrsula. Ábrame la puerta ahora mismo.

El rostro del hombre estaba tan sombrío que daba miedo; se le notaba sumamente molesto.

Azucena dudó, con la mirada inquieta.

—Señor Flores, venir a nuestra casa en plena madrugada es algo... intimidante. ¿Cómo voy a abrirle así? Si tiene algo que decir, mejor dígalo desde ahí afuera.

Su tono era calmado, pero no admitía réplica.

Azucena no tuvo más remedio que darse la vuelta y dirigirse a la habitación de Úrsula.

Pero antes de que pudiera tocar, la puerta se abrió desde adentro.

Úrsula se rascó la cabeza y se frotó los ojos, preguntando adormilada:

—Mamá, ¿quién vino? ¡Es tardísimo, qué manera de hacer ruido!

Azucena se acercó rápidamente y le susurró:

—Dime la verdad, ¿tú... hiciste enojar a Samuel?

Al escuchar eso, Úrsula despertó de golpe, abrió los ojos y vio la silueta sentada en el sofá.

Samuel, vestido con un traje negro, tenía las piernas cruzadas y un brazo apoyado en el respaldo del sofá, mirándola con una expresión lúgubre.

Al verlo, Úrsula pareció haber visto un fantasma; sus pupilas se dilataron y su rostro palideció al instante.

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