Apenas colgó el teléfono y se disponía a caminar hacia su auto, vio una figura conocida parada justo frente al cofre.
Era Bianca.
La mujer se acercó con paso ligero y, bajando la voz, preguntó:
—¿Qué haces tú aquí?
Bianca llevaba sombrero y cubrebocas, tapándose la cara casi por completo; solo se le veían los ojos.
Su tono era de una frialdad absoluta:
—¡Vaya que tienes palancas! Ese hombre que te respalda tuvo que desembolsar una buena lana para tapar semejante escándalo. Se ve que le importas.
Fiona la miró con indiferencia.
—Si solo viniste a hablar de eso, no tenemos nada que discutir. No estoy de humor para tus chismes.
Intentó rodear a Bianca para subir al coche, pero la mujer extendió su delgada mano, bloqueándole el paso.
—Si no te interesa hablar de eso, seguro que el tema de Daniela sí te va a llamar la atención, ¿no?
Al escuchar el nombre de Daniela, el rostro de Fiona se oscureció al instante.
—¿Qué quieres decir? —Se giró para mirar a Bianca—. ¿O acaso sabes algo?
—Ya sabes que yo me entero de todo...
Bianca hablaba con un tono despectivo, mirándola con una sonrisa burlona.
Fiona fue directa:
—Lo que le pasó es consecuencia de sus propios actos. Yo no tengo nada que ver.
—¿Cómo que no tienes nada que ver? —Bianca soltó una risa sarcástica—. Ya había oído rumores de que la familia Flores no se tienta el corazón y que son unos desgraciados, pero pensé que eran solo habladurías. Resulta que sí son de temer.
Fiona no le hizo más caso y se dirigió al asiento del conductor.
Ya dentro del auto, vio que Bianca seguía plantada frente al cofre, sin ninguna intención de moverse.
Fiona no lo dudó: puso la mano en el claxon y lo presionó con fuerza.
El estruendo del pitido hizo saltar a Bianca del susto.
Por puro reflejo, señaló hacia el volante y comenzó a gritar:
—¿Estás loca o qué te pasa?
—Si no te quitas, voy a avanzar. Si te llevo de corbata, no me eches la culpa.
Bianca empezó a vociferar:
—¡A ver si muy valiente! ¡Atropéllame pues! ¡Aviéntame el coche!

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