Al verla en ese plan, Fiona sintió una rabia que no había experimentado antes.
Pisó el acelerador a fondo y el coche salió disparado.
Bianca se quedó paralizada por un instante.
Por suerte reaccionó rápido y logró esquivar el golpe de milagro.
En cuanto recuperó el aliento, le gritó al auto que se alejaba:
—¡De verdad ibas a pegarme! ¡Pinche loca, estás enferma!
La voz chillona de Bianca se perdió a la distancia, pero Fiona, al escucharla vagamente, sonrió con desdén. «Ya te lo había dicho, no te metas conmigo».
Sin esperar más, aceleró aún más y se perdió en el tráfico.
Bianca, viendo cómo el auto desaparecía, estaba que echaba humo del coraje.
¡Esa mujer era cada vez más arrogante!
Y desde que se juntó con Samuel, se sentía intocable.
«Algún día me las vas a pagar», pensó.
***
Al día siguiente, por la mañana.
Samuel se levantó temprano para acompañar a Fiona al hospital a que le hicieran la curación de la mano.
Al salir del consultorio, Samuel fue al baño y le pidió que lo esperara en el pasillo de urgencias.
Apenas se había ido él, una voz conocida sonó cerca:
—¿Fiona?
Ella volteó y vio al hombre parado a unos metros.
Era Esteban.
Traía una bolsa de medicamentos; parecía que acababa de salir de la farmacia.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella con frialdad.


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