Antes de abordar el avión, ella le envió un mensaje a Emiliano avisando que ya habían salido y que esperaban llegar por la tarde.
Fiona estaba cabeceando de sueño en primera clase cuando, de repente, alguien se acercó y la abrazó.
El gesto repentino hizo que Fiona se estremeciera del susto.
Al abrir los ojos, se encontró con el rostro increíblemente atractivo de Samuel.
—Samu, ¿qué haces?
—El vuelo es muy largo, quiero estar cerca de ti.
Fiona no sabía si reír o llorar.
Parecía que, después de perder la memoria, se había vuelto mucho más apegado a ella.
Le dio unas palmaditas en la espalda:
—Está bien, quédate aquí conmigo.
Samuel recargó la cabeza en su hombro y poco a poco se fue tranquilizando.
Aun al día de hoy, no conservaba muchos recuerdos de la mujer frente a él, pero sentía un impulso inexplicable de estar cerca, de buscar su contacto, de tocarla.
Era una sensación que ni él mismo podía explicar.
Como si la hubiera amado desde hace mucho, mucho tiempo...
Llegaron a Montevideo alrededor de las tres de la tarde.
Quien los recibió fue el hijo de Emiliano, Arturo Cifuentes.
Los instaló en las habitaciones de invitados de la residencia de los Cifuentes y luego los llevó a ver a Emiliano.
Fiona no había visto a Emiliano en muchos años. Al verlo de nuevo, le vinieron a la mente los recuerdos de él junto a su abuelo, y sintió ganas de llorar.
Emiliano también se emocionó al ver a Fiona:
—Fiona, viniste...
—Señor Cifuentes, cuánto tiempo.
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