Fiona asintió sin dudarlo:
—De acuerdo.
Salió de la habitación para darles espacio y dejar que Emiliano se concentrara en el tratamiento de Samuel.
Abraham se paró junto a ella en el pasillo. Ambos miraron hacia el cielo sin decir una palabra.
La residencia de los Cifuentes era una casona antigua de estilo colonial; fuera de la sala había un gran patio central desde donde se podía ver claramente el cielo.
Era pleno verano y el atardecer estaba espectacular, de una belleza indescriptible.
Era la puesta de sol más hermosa que había visto desde que salió de la cárcel.
Quizás porque aún quedaba un rayo de esperanza, al ver aquel atardecer, las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa suave.
Una hora después, Emiliano salió apoyado en su bastón.
Al verlo, Fiona y Abraham se apresuraron a ayudarlo.
—Señor Cifuentes, ¿cómo está nuestro señor Flores?
Fiona iba a preguntar, pero Abraham se le adelantó con la pregunta que ella más deseaba hacer.
—Ha caído en un sueño profundo. Despertará en una hora. Cuando despierte, que cene primero y luego tome su medicina. —Emiliano miró a Fiona—: Ven conmigo a preparar las hierbas.
—Sí. —Fiona asintió suavemente y se volvió hacia Abraham—: Quédate aquí vigilándolo por ahora. Si pasa algo, grítame.
—Entendido, señorita Santana.
Fiona siguió a Emiliano hasta su farmacia personal.
Al ver el interior, se quedó pasmada.
Había escuchado que él ya no atendía pacientes, pero el lugar estaba lleno de hierbas medicinales...


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