—Ajá. —Fiona asintió levemente—: Así es.
Pero no se sentía capaz de explicarle al anciano la relación entre Samuel y Esteban.
Si se lo dijera, tal vez no podría aceptarlo.
Por suerte, el anciano no siguió preguntando y ella lo ayudó a seleccionar las hierbas.
Después de terminar, Fiona fue a la cocina a preparar la infusión para Samuel.
De repente, una voz desconocida sonó a sus espaldas:
—Tú debes ser Fiona, ¿verdad?
Fiona se giró rápidamente al escuchar el ruido.
Vio a un hombre parado en la puerta de la cocina.
Medía alrededor de un metro ochenta y cinco, vestía ropa casual blanca y llevaba lentes de arillo dorado. Era muy apuesto y tenía un aire intelectual; parecía un poco más joven que ella.
Fiona recordó lo que había dicho Emiliano...
Ese hombre debía ser su nieto mayor, Enrique.
Fiona se secó las manos y se apresuró a extenderle una:
—Sí, hola. Tú debes ser Enrique, el nieto del señor Cifuentes, ¿cierto?
—Exacto.
Tras presentarse, ambos se quedaron junto a la estufa. La primera persona de la que hablaron fue de Thiago.
Resultó que el «Señor» del que Thiago siempre hablaba era Enrique.
Con esa conexión, entraron en confianza muy rápido. Mientras platicaban, descubrieron que se llevaban muy bien, lo que hizo que Enrique sintiera una especie de afinidad inmediata.
—Escuché a Thiago decir que trajiste a un familiar para tratamiento. ¿Qué es él de ti?
—Es mi novio...
—Ah... —Enrique asintió pensativo, y una pizca de decepción casi imperceptible cruzó por sus ojos—: Así que es tu novio.
Nunca había conocido a nadie con quien tuviera tanta química en el ámbito médico.
Y además, era una mujer tan hermosa...
Su abuelo y el de ella habían sido amigos cercanos.


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