Esa misma noche, Esteban envió a su celular las pruebas de que Bianca y Raimundo habían planeado el accidente.
Fiona ingresó de inmediato a su cuenta privada y guardó los archivos para usarlos más adelante.
Los días siguientes transcurrieron con relativa calma.
El fin de semana, Fiona planeaba ir a la clínica a recoger su equipo de acupuntura para tratar a Samuel.
Apenas entró al local, vio una figura familiar.
Era Raimundo.
Seguramente había ido para tantear el terreno, así que Fiona se puso en guardia; no podía cometer ningún error en ese momento.
Aún no era tiempo de confrontarlo...
Fiona tomó la iniciativa y lo saludó: —¿Qué haces aquí tan de repente?
—Escuché que tuvieron un accidente muy fuerte en Montevideo y estaba muy preocupado por ti, así que vine a ver cómo estabas... —Los ojos de Raimundo mostraban una preocupación fingida—: ¿Te lastimaste?
Fiona alzó la vista y lo observó en silencio.
Si Esteban no le hubiera contado la verdad, quizás seguiría engañada.
Nunca se había dado cuenta de lo bueno que era este hombre para fingir.
Ella le había salvado la vida dos veces, y él le pagaba intentando quitarle la suya.
Al pensar en eso, sintió una punzada de dolor en el corazón.
Trató de mantener la calma lo mejor que pudo: —Yo no estoy herida, pero Samu está muy grave. Quedó en estado vegetativo.
El rostro de Raimundo mostró una sorpresa exagerada: —¿Qué? ¿Estado vegetativo?
Fiona apretó los dientes de la rabia. El ambiente a su alrededor se volvió tenso, pero su rostro permaneció impasible, sin revelar nada.
—¿Cómo pudo ser tan grave?
—Alguien lo provocó intencionalmente —soltó Fiona, incapaz de contenerse más—. Dicen que es fácil esquivar un ataque de frente, pero imposible prever una puñalada por la espalda. Cuánta razón tiene ese dicho...


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