Ella siempre había creído en una cosa...
Que a cada quien le llega su hora. El que la hace, la paga.
Cuando llegue el momento adecuado, se aseguraría de enviar a Raimundo y a Bianca a la cárcel.
¡Si cometieron un crimen, tendrán que pagar el precio!
Después de recoger sus agujas de acupuntura, Fiona se dispuso a salir de la clínica.
Thiago, al verla, se acercó rápidamente: —Fiona, ¿cómo sigue el señor Flores? ¿Todavía no despierta?
Fiona asintió levemente: —Aún no. Voy a probar con acupuntura para ver si eso ayuda a mejorar su estado.
—Cuando me enteré de la noticia, sentí un nudo en el estómago. No podía creer que fuera verdad.
—Las cosas ya pasaron y no podemos cambiarlas —dijo Fiona con una sonrisa amarga en los labios—. Solo nos queda hacer lo humanamente posible y dejar el resto en manos de Dios.
—Entiendo.
Thiago asintió con pesar.
—Ha sido mucho trabajo para ti estos días. Probablemente no pueda venir a la clínica a ayudarte por un tiempo. Si estás muy saturado, cierra temprano; no te quedes trabajando hasta tarde.
—No te preocupes, puedo manejarlo. Tú concéntrate en cuidar al señor Flores.
Al escuchar sus palabras, Fiona sintió una calidez reconfortante en el pecho.
La verdad era que los empleados de ambas tiendas eran muy amables y le habían resuelto muchos problemas.
Cuando Samuel despertara, definitivamente tendría que agradecerles como se debe, quizás invitándolos a cenar.
Al llegar al hospital, Fiona vio una figura sospechosa en la puerta de la habitación.
Llevaba gorra y cubrebocas, por lo que no se le veía la cara.
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