Ni siquiera había terminado la frase cuando una voz infantil se le adelantó:
—¡Bianca! ¡No te atrevas a molestar a mi mamá!
Fiona giró la cabeza al escuchar el grito y vio al niño parado detrás de ella.
Esteban había llegado con Pedro sin que se dieran cuenta.
El niño corrió rápidamente hacia Fiona y se plantó frente a ella, mirando a Bianca con evidente molestia. Aquella escena fue la gota que derramó el vaso para Bianca.
Antes, la persona a la que el niño defendía siempre era ella, pero ahora era Fiona. Ese cambio radical era algo que simplemente no podía aceptar. Un dolor agudo se extendió por su pecho, una sensación amarga que no desaparecía.
Desvió la mirada hacia Esteban, pero el hombre frente a ella no mostraba más que indiferencia; su expresión no cambió en lo absoluto. Dejó que el niño defendiera a Fiona sin intervenir.
Desde que terminaron su relación, había pasado mucho tiempo sin ver a este hombre. No esperaba que, al reencontrarse, él la tratara con tanta frialdad.
Bianca lo miró con ojos de cachorrito atropellado.
—Esteban, yo no la estaba molestando, de verdad que no...
—Señorita Morales, si no tiene nada más que hacer aquí, ¡le sugiero que no vuelva!
Antes de que pudiera explicarse, Esteban la cortó de tajo con esa sentencia. Su tono era extremadamente firme y en sus ojos había un enrojecimiento que asustaba. Era como si supiera algo y estuviera poniéndole un alto preventivo.
El corazón de Bianca comenzó a latir desbocado. Lo del accidente de coche se había hecho con total discreción, ¿no deberían saberlo, verdad?
—¿Todavía no se va? ¿Necesita que la eche?
Al ver que no se movía, Esteban le levantó la voz con dureza. El grito del hombre la hizo saltar del susto.
Los ojos de Bianca se llenaron de lágrimas que amenazaban con rodar por sus mejillas, pero al final no dijo nada más; dio media vuelta y se marchó.
Cuando estuvo lo suficientemente lejos, Fiona posó su mirada en ellos.

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