Fiona le lanzó una mirada fulminante.
¿Acaso a estas alturas todavía no sabía por qué estaba enojada?
Fiona, ya bastante molesta, no se anduvo con rodeos:
—Bájate del carro.
—No me bajo —respondió Samuel con tono serio—. Hasta que no aclaremos las cosas, no pienso moverme de aquí.
Extendió la mano rápidamente y la agarró por la muñeca, intentando acercarla a él.
Justo en ese momento, sonó el celular de Fiona.
Bajó la vista y vio que era Thiago. Como no podía soltarse del agarre de Samuel, no le quedó de otra que contestar así.
Apenas descolgó, se escuchó la voz angustiada de Thiago:
—Señorita Santana, llegaron unas autoridades a investigarnos. Dicen que alguien nos denunció por problemas fiscales. ¡Tiene que venir a ver esto ahorita mismo!
Al escuchar eso, a Fiona se le fue el alma a los pies.
—¿Cómo es posible? ¿Quién nos denunció?
—No sé bien qué está pasando, todavía no me dicen…
—Está bien, voy para allá.
Tras colgar, el hombre a su lado preguntó con preocupación:
—¿Pasó algo malo?
Samuel aflojó un poco el agarre y Fiona aprovechó el descuido para soltarse de un jalón.
—Bájate del carro, tengo una urgencia en la clínica.
Al verla tan alterada, Samuel no quiso discutir más. Abrió la puerta y se bajó del vehículo.
Fiona arrancó y se fue a toda velocidad. Samuel subió a su Maybach y la siguió de inmediato.
La seguía a una distancia prudente. Fiona no tenía ni idea de que Samuel iba detrás de ella todo el tiempo; su cabeza estaba totalmente ocupada en la manejada y en el problema de impuestos.
Desde que abrió la clínica, nunca había tenido problemas con el SAT. Siempre pagaba todo lo que le correspondía. ¿Por qué la denunciarían ahora?

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