Fiona frunció el ceño de golpe:
—¿Para qué secuestraste a mi niña?
Valeria esbozó una sonrisa leve en la comisura de los labios y luego aventó a la niña hacia el guardaespaldas que estaba a su lado.
Habló con tono severo:
—Vigílala bien.
—Sí, señora.
Valeria se dio la vuelta y fijó su atención en Fiona. Su voz destilaba frialdad:
—Ni siquiera te preocupas tanto por tu propio hijo, pero con los hijos de otros te desvives. Dime, si tu exmarido y tu hijo te vieran así, ¿no crees que se sentirían muy dolidos?
Fiona soltó una risa gélida y respondió sin pelos en la lengua:
—Ellos me rompieron el corazón hace mucho, ya no me importan. Y yo tampoco les importo a ellos, así que ahórrate el cuento de que se sentirían dolidos.
—Pues según tengo entendido, tu ex y tu hijo están muy pendientes de ti. Se mueren por que regreses con ellos, pero tú solo tienes ojos para Samu. Sigues con la fantasía de querer casarte con mi hombre…
Fiona la interrumpió tajantemente antes de que terminara:
—¿Tu hombre? ¿Desde cuándo es tu hombre? ¡Es mi prometido!
—Para mí, lo nuestro nunca ha cambiado. ¡Él es mi hombre! ¡Es mi prometido! ¡Tú eres la que me lo robó!
Valeria se alteró de repente y metió la mano en un bolso que tenía cerca.
Sacó una navaja.
Al ver el brillo del filo, a Fiona se le subió el corazón a la garganta.

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