—¡No! ¡No lastimes a mi Fiona!
En ese momento, una voz infantil y decidida resonó a espaldas de Valeria.
Fiona levantó la vista y vio a la niña parada atrás.
Gritaba entre sollozos, con la carita llena de angustia y los ojos anegados en lágrimas.
Se notaba que la situación la tenía aterrorizada.
Valeria volteó de inmediato hacia la pequeña.
Un destello de maldad cruzó por sus ojos.
Retiró la navaja de la mejilla de Fiona y apuntó hacia la niña:
—Hagamos un trato. Si te haces unos cortes en la cara, suelto a la niña. Si no lo haces, entonces tendré que…
Fiona no la dejó terminar:
—¡Si te atreves a tocarle un pelo a mi niña, te juro que no te la vas a acabar!
Cuando Natalia le confió a la niña, Fiona prometió cuidarla como si fuera suya y que no permitiría que nada malo le pasara.
Si algo le ocurría por su culpa, jamás se lo perdonaría.
Además, tanto ella como Samuel ya veían a Silvia como si fuera su propia hija. ¿Cómo iba a quedarse de brazos cruzados viendo que Valeria la amenazaba?
—¡Ay, «mi niña», «mi niña»! Si tanto la quieres, ¡demuéstralo! Vamos a ver qué tanto amas a esa escuincla…
Valeria le puso la navaja en la mano a Fiona y le ordenó con voz tajante:
—¡Hazlo tú misma!


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