Samuel no dijo nada, simplemente cargó a Fiona en brazos y caminó hacia el auto estacionado en la calle.
Cuando llegaron al coche, vieron que Silvia estaba ahí parada, con Abraham a su lado cuidándola como si fuera su sombra.
Los dos guaruras que la perseguían ya se habían esfumado.
—¡Fiona! ¿Estás bien?
Silvia corrió hacia ella y le agarró el brazo, con los ojos llenos de preocupación.
Fiona bajó la mirada y le sonrió levemente a la niña, negando con la cabeza.
—Estoy bien, no te preocupes, Silvia...
Al escuchar eso, la pequeña se tranquilizó un poco.
Samuel acomodó a Fiona en el asiento del copiloto y luego se giró hacia Abraham.
—Pide un taxi y lleva a la niña a casa. ¡Asegúrate de que llegue bien! ¿Entendido?
Abraham asintió con seriedad y respondió sin dudar:
—¡Entendido, jefe! ¡Misión asegurada!
Finalmente, al ver que Silvia y Abraham se iban en el taxi, Fiona pudo respirar tranquila y dejó que Samuel la llevara al hospital.
En el camino, Samuel no dijo ni una palabra. Tenía el rostro serio y la mirada fija en la carretera.
Fiona volteó a ver su perfil y preguntó con cautela:
—¿Cómo fue que llegaste justo a tiempo? ¿Cómo nos encontraste?
—Ofelia iba camino a la escuela para una entrevista cuando vio que tuviste el accidente y que se te llevaban. Las siguió un tramo, pero luego las perdió.
—Pero por suerte me dio el número de placas. Le pedí ayuda a unos contactos en la policía y rastreamos el coche con las cámaras de seguridad hasta su última ubicación. Así dimos con ustedes.
—Justo cuando llegamos, vimos a Silvia corriendo por la calle con dos tipos detrás, así que nos bajamos de inmediato...
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