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Médico Supremo romance Capítulo 104

—Roco, parece que la familia Zavala ha llamado a la policía. Me han dicho que están montando controles en los aeropuertos y estaciones de tren. ¿Deberíamos cambiar nuestra ubicación? Será problemático si descubren nuestro paradero.

Roco no respondió de inmediato.

Junto a la antigua residencia de Fernando estaba la casa de Josefina. Un matón se apresuró a entrar en el edificio, cuya electricidad había sido cortada hacía tiempo.

Roco emergió de la oscuridad.

—Que la familia Zavala contacte con la policía está dentro de mis expectativas. Aun así, no importa. Para cuando se les ocurra buscar aquí, hace tiempo que habremos terminado nuestras tareas. Además, puede que ni siquiera encuentren este lugar.

—Roco, ¿sabes algo de ese Señor Cabrera?

Roco echó un vistazo a su reloj y dijo:

—Quiere que Fernando cure a su hijo, así que le he dado algo más de tiempo. Debería ponerse en contacto conmigo pronto.

Una mirada amenazadora brilló en sus ojos mientras hablaba.

—Una vez que atraigamos a Fernando aquí y lo eliminemos, acabaremos con sus padres, y luego dejaremos que los chicos se diviertan con su hermana. Toda su familia pagará por la muerte de mi hermano.

El lacayo se emocionó bastante al instante.

—He visto fotos de la hermana de Fernando. Es bastante guapa.

—Pronto podrás ponerle las manos encima. —Roco palmeó el hombro de su subordinado—. Pero por ahora, debemos permanecer vigilantes. Ordena a los demás que disparen a Fernando en cuanto aparezca.

Habiendo presenciado las habilidades de combate de Fernando, Roco sabía que ni siquiera una docena de hombres corrientes serían rivales para él.

Por desgracia, no podía movilizar a más hombres en ese momento, así que reunió a diez de sus subordinados de mayor confianza y gastó una fuerte suma en comprar algunas armas de fuego.

Roco planeó disparar a Fernando hasta matarlo con una lluvia de balas en el momento en que éste apareciera, asegurándose de que no tuviera oportunidad de tomar represalias.

El lacayo asintió y se dio la vuelta.

—Se lo diré a los demás enseguida.

¡Fush!

En cuanto giró sobre sus talones, se congeló de golpe, y un tenue olor a sangre impregnó el aire cuando una flecha le atravesó el pecho.

Detrás de él, Roco preguntó:

—Oye, ¿por qué te has parado?

Al momento siguiente, el lacayo cayó hacia atrás sin hacer ruido.

Roco se apresuró a avanzar para apoyar a su subordinado y, bajo la tenue luz que se filtraba desde el exterior, se percató de la flecha que sobresalía del pecho del lacayo.

La expresión de su rostro cambió drásticamente al percibir un peligro inminente.

—¡Cuidado! Hay…

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Justo cuando iba a avisar a sus subordinados de que salieran, sonaron incesantes disparos que lo interrumpieron.

Uno de los lacayos gritó ansioso:

—¡Roco, nos atacan!

Roco, haciendo caso omiso de su subordinado caído, salió corriendo de inmediato, con el rostro ensombrecido.

—¡Car*jo! ¿Qué está pasando?

Después, vieron surgir cuatro figuras vestidas de negro. Parecían fundirse a la perfección con las sombras, cada una empuñando una daga negra como el carbón, poniéndose a cubierto para evitar las balas dirigidas contra ellos.

Para consternación de Roco, de sus nueve subordinados apostados fuera, sólo quedaban cinco.

Evidentemente, los cuatro asaltantes vestidos de negro los habían eliminado en silencio.

Sin embargo, ahora no era el momento de pensar en eso. Roco sacó rápidamente su pistola y apuntó con la boca a una de las figuras de negro.

Pero antes de que pudiera disparar, uno de los vestidos de negro reaccionó con rapidez, dejando volar otra flecha, que penetró en la muñeca de Roco.

Roco soltó un gruñido ahogado cuando su arma cayó al suelo.

Sin embargo, era un luchador experimentado. En el momento en que soltó el arma, Roco volvió rodando al interior de la casa, esquivando por los pelos otra flecha que le apuntaba la persona de negro.

—¡Maldita sea! ¿Quiénes son estas personas? ¿Podrían haber sido enviados por la Señora Mendoza? —Apretando los dientes, Roco se sacó la flecha de la muñeca.

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