Al ver la sumisión de Limberto, las jóvenes se volvieron para mirar a Salomón con ojos brillantes.
Sin embargo, Caridad se quedó atónita.
—¿Señor Salas?
Por lo que ella sabía, Limberto era invencible en Ciudad Jade.
Por eso sentía que Limberto era la única persona digna de Berenice. Sin embargo, ahora él cedía y le pedía que pasara una noche con Salomón.
Estaba destruyendo la imagen que ella tenía de él, de lo fuerte y poderoso que era.
Con voz divertida, Salomón dijo:
—Nena, sométete a mí. Ni siquiera Tulio, de la Familia Mejía, y Félix, de la Familia Hernández, pueden salvarte esta noche, ¡y mucho menos Limberto! De hecho, ¡ni siquiera el señor de la Familia Lamadrid, la familia más rica de Nutana, puede salvarte!
Caridad se asustó aún más al escuchar eso.
Salomón había dicho lo mismo antes, pero ella había pensado que era un farol.
De inmediato, se agachó para poner en pie a Limberto, su posible salvador.
—¡Señor Salas, tiene que salvarme!
—¡No puedo salvarte! —Limberto apartó la mano de Caridad con frustración.
Si no fuera por Caridad, no habría sido humillado por Salomón en público.
Al escuchar eso, Caridad se desplomó en el suelo, con el pánico escrito en su cara.
—¿Por qué?
Limberto ahuyentó el disgusto que sentía y espetó:
—Es el hijo del señor Saúl Solís. Ríndete.
A Caridad se le fue el color de la cara y la desolación se apoderó de ella.
«¿Es el hijo del líder clandestino de Gastermo? Entonces… la Familia Salas no es rival para ellos».
—¡Cállate y lárgate!
Salomón pateó impaciente a Limberto.
Limberto no se atrevía a arrastrarse fuera del restaurante ante más de cien personas.
Así, empezó:
—Señor Solís, siento mucho lo de esta noche. Por favor…
Sin embargo, antes de que pudiera terminar la frase, Salomón le dio otra patada.
—¡Si no quieres arrastrarte, tendré que romperte las piernas!
Dicho esto, levantó la mano, a punto de dar la orden.
Ante eso, Limberto dejó rápidamente de lado el cuidado de su dignidad y orgullo.
—¡Me arrastraré fuera!
Entre la expresión desesperada de Caridad y las risas burlonas de la multitud, Limberto se arrastró hacia la entrada como un perro azotado.
Los guardaespaldas de la Familia Salas se sentían fatal al ver a su jefe en ese estado, pero era Salomón a quien se enfrentaban.
Lo único que pudieron hacer fue rodear a Limberto para impedir que otros filmaran su momento de humillación.
Contento, Salomón apartó la mirada de él.
—Nena, ¿tienes a alguien más? Si no, siéntate y tómate una copa conmigo. Entonces, volverás al hotel conmigo esta noche.
Sus palabras devolvieron a Caridad a la realidad.
Se apresuró a retroceder unos pasos y gritó nerviosa:
—¡Para, o llamo a la policía!
—¡Jajaja!
El público estalló en carcajadas.
«¿Llamar a la policía? ¿Puede la policía hacer algo contra alguien como Salomón? ¿Quién puede soportar las consecuencias de la venganza que seguramente tomará Salomón?».
Una de las jóvenes guapas se rio y dijo:
—Es un honor llamar la atención del Señor Solís, así que se lo agradezco.
Su compañera replicó:
—Ríndete. Incluso el Señor Salas tuvo que arrastrarse fuera de este lugar como un perro azotado. ¿Quién crees que puede protegerte ahora?
Sus palabras aplastaron aún más la dignidad de Limberto, haciéndole bajar aún más la cabeza.
Esas palabras también fueron devastadoras para Caridad.
«Sí, claro. Ni siquiera Limberto puede protegerme».
Cuando Salomón vio que la resistencia en los ojos de Caridad se desvanecía, el placer creció en su corazón. Disfrutaba conquistando a los demás de esta manera.
—Nena, ¿cuándo es mejor momento para rendirte ante mí, si no es ahora?
«¿De verdad no puedo escapar hoy de esta situación? ¿Quién puede salvarme de esto?».
«Dios mío, esta querida mía…». Fernando, que seguía fuera del restaurante, sacudió la cabeza con una sonrisa irónica.
—Mocoso, ¿de verdad crees que puedes ser tan altivo y poderoso sólo porque conoces a Zaid? ¡Sal de mi vista ahora mismo!
Una expresión de emoción se manifestó en el rostro de Limberto.
De repente, le apetecía quedarse a ver cómo Fernando peleaba Salomón.
Si Fernando perdía la vida, Limberto pensaba que la humillación de aquel día sería un golpe menor para su dignidad.
Sin embargo, Fernando ignoró a Salomón y se dio la vuelta para tomar a Berenice de la mano.
—Parece que tendrás que llevar una máscara cuando salgas en el futuro. De lo contrario, todos los hombres caerán rendidos a tus pies. —Luego, se volvió hacia la atónita Caridad y le preguntó—: ¿Nos vamos?
«¿No es este tipo un cobarde? ¿Por qué está aquí?».
Aun así, parpadeó y se acercó rápidamente a Fernando cuando se recompuso. En voz baja, pronunció:
—Gracias a Dios que al final has recordado que eres un hombre. Sin embargo, ¿cómo vamos a salir de este lugar?
Si ni siquiera Limberto pudo hacer nada contra Salomón, Caridad estaba segura de que Fernando tendría aún más problemas para enfrentarse a Salomón.
Sin embargo, era una mujer que se ahogaba en el mar y se agarraba a cualquier cosa que pudiera flotar.
Fernando extendió entonces otro brazo para rodear la cintura de Caridad antes de rozarle a propósito la espalda con la mano.
Cuando Caridad le lanzó una mirada de enfado y vergüenza, él sonrió y dijo:
—Con nuestras piernas, por supuesto.
Al darse cuenta de que Fernando lo ignoraba para hablar con Berenice y Caridad, Salomón gritó enfurecido:
—Jovencito, ¿me estás desafiando? Estas dos mujeres no se irán hasta que tomen una copa conmigo esta noche.
Tadeo parecía indeciso mientras se preguntaba si debía persuadir a Salomón para que solo dejara pasar este asunto.
Al fin y al cabo, estaban en un espacio público, y Berenice era alguien con una alta posición en la sociedad.
Si algo salía mal, Tiberio, que le había dicho que llevara a Salomón, se pondría lívido.
Sin embargo, antes de que Tadeo pudiera decidirse, Fernando tomó las manos de Berenice y Caridad y se dispuso a marcharse.
—Lo siento, pero me van a acompañar en lugar de eso. No tienes derecho a hacerles perder el tiempo.
En su furia, Salomón se echó a reír.
Hacía mucho tiempo que no se encontraba con alguien como Fernando, que le estaba faltando al respeto con tal descaro.
Acto seguido, tomó una botella de vino tinto de la mesa de al lado y gritó:
—¡De rodillas!

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