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Médico Supremo romance Capítulo 125

Las expresiones de Berenice y Caridad cambiaron al unísono.

—¡Cuidado!

Limberto esbozó una sonrisa triunfante, como si ya hubiera visto a Fernando caer al suelo con la cabeza ensangrentada.

¡Crash!

Se escuchó el ruido de una botella de vino tinto al romperse, seguido de un agudo grito de dolor.

Todos los presentes parecían estupefactos y desconcertados.

La persona que recibió el golpe en la cabeza no fue Fernando, sino Salomón.

Sin embargo, Fernando no fue quien atacó a Salomón. Lo hizo él mismo.

Salomón había levantado la botella de vino y la había estrellado contra su propia cabeza.

«¿Al Señor Solís le gusta pegarse?».

Tadeo fue el primero en reaccionar.

—Señor Solís, ¿qué está haciendo?

Salomón se apretó la cabeza, con la cara cubierta de sangre.

—Car*jo. Yo tampoco lo sé. Pero estoy seguro de que es cosa de este mocoso. ¡Derríbenlo!

«Estaba a punto de romperle la botella de vino en la cabeza a Fernando.

Pero cuando bajé la mano, no pude controlarme y me estampé la botella de vino en la cabeza.

Lo más exasperante es que ni siquiera sé lo que está pasando».

Poniendo cara de inocente, Fernando dijo:

—No me acuses. Estoy tomando la mano de mi querida mientras abrazo la cintura de la mejor amiga de mi querida con otra mano. ¿Cómo puedo hacerte algo? Creo que sólo tienes un extraño fetiche como golpearte.

«¡Idiota! Sé que me estás abrazando, ¿pero tienes que decirlo en voz alta?».

Caridad se sonrojó, pero siguió cerca de él.

Fernando era la única persona que podía hacerla sentir segura en ese momento.

—¡Cállate! Tú eres el que tiene un fetiche raro. —Totalmente enfurecido, Salomón tomó una botella de vino y quiso volver a rompérsela a Fernando.

Otra botella de vino hecha añicos.

Salomón gritó de dolor y cayó al suelo. Rodó sobre sí mismo mientras se cubría la cabeza.

Se había roto otra botella de vino en la cabeza.

Todos, incluido Tadeo, se quedaron boquiabiertos.

«Todos vimos cómo se golpeaba».

«¿De verdad tiene un fetiche raro?».

Caridad miró a Fernando con curiosidad.

«Durante una fracción de segundo, Fernando pareció apartar la mano de mi cintura».

En ese momento, Fernando chasqueó la lengua y dijo:

—¡Es usted un salvaje, señor Solís! Nunca he visto a nadie golpearse con una botella de vino dos veces sin pestañear.

—¡Car*jo! Estoy seguro de que estás jugando conmigo. ¡Chicos, contra él! ¡Atrápenlo ahora mismo!

Tras ser ayudado a levantarse, Salomón parecía haberse vuelto loco. Pateó a uno de los miembros de la élite de la Familia Solís que estaba a su lado.

Más de diez miembros de la élite de la Familia Solís rodearon al instante a Fernando con expresiones complicadas en sus rostros. Aunque también pensaban que Salomón se había golpeado a sí mismo, sólo podían seguir la orden de Salomón ya que era su jefe.

Ante la agresividad de estas élites, Berenice y Caridad se inclinaron ansiosas hacia Fernando, casi pegándose a él.

Fernando, sin embargo, no parecía ver a las élites de la Familia Solís. Bajó la cabeza y miró a ambos lados.

—Queridas, no tienen que abrazarme tan fuerte, ¿verdad? Me están aplastando.

A Berenice le hizo gracia.

«¿Por qué sigue actuando como si no pasara nada en un momento así?».

Caridad reprendió con suavidad:

—Date prisa y piensa en algo, imbécil. Si podemos salir de aquí a salvo esta noche, ¡incluso dejaré que me aplastes a cambio!

—No, olvídalo. Estás mal de la cabeza —Fernando respondió.

Justo cuando Caridad iba a discutir con él tras escuchar su comentario, se produjo un repentino alboroto en la puerta.

Entonces, sonó la voz de Limberto.

—¡Señorita Mendoza!

Vestida con un vestido rojo de tirantes, la seductora y sexy Alisa entró con el rostro frío. Detrás de ella había decenas de miembros de la élite de la Familia Mendoza.

—Salomón, siempre he escuchado que eres arrogante y dominante. Después de conocerte hoy, me doy cuenta de que estás a la altura de tu reputación. Pero estamos en Nutana, el territorio de mi familia. ¿No respetas a la Familia Mendoza?

La expresión de Tadeo cambió y corrió hacia Alisa.

—¡Señorita Mendoza!

¡Pum!

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