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Médico Supremo romance Capítulo 95

Fernando subió las escaleras, sin embargo, Demetrio y Diana no descansaron y empezaron a pelearse de nuevo, sólo cuando Fernando subió al tercer piso y cerró la puerta tras de sí dejó de escuchar a los dos discutir.

Sacó su teléfono y llamó a Rosario.

—Rosy, ¿dónde estás?

Rosario sollozó.

—Estoy en casa de la Señora Luciana. Fer, ¿te enteraste?

—Sí, me enteré cuando volví.

—Fer, ¿cómo están mamá y papá? —Rosario sonaba molesta—. Tanto la familia del tío Raymundo como la del tío Adrián nos han hecho daño en el pasado, pero mamá y papá parecen olvidarlo todo. ¿Cómo pueden fingir que no pasó nada?

—Los rencores no existen entre hermanos —dijo Fernando con un suspiro—. Además, mamá y papá no hacen como si no hubiera pasado nada, pero… —Fernando hizo una pausa y soltó una risita amarga. Tanto Demetrio como Diana guardaban rencor, pero sólo a los hermanos del otro, mientras que perdonaban a sus propios hermanos.

Rosario preguntó.

—¿Entonces qué hacemos, Fer? Si esto sigue así, habrá más y más caos en nuestra familia.

—Volveremos a hablar de esto en unos días. Deberías quedarte con la Señora Luciana por el momento. —El asunto con la familia Cabrera estaba llegando a su fin. Era difícil jurar que Tristán no haría algo imprudente en su desesperación y Fernando tenía que mantenerse concentrado.

Mientras las familias de Raymundo y Adrián siguieran existiendo, seguirían afectando a la familia de Fernando, sin embargo, Fernando no podía hacerlos desaparecer sin dejar rastro, él no tenía ni idea de lo que debía hacer con ellos por ahora. Rosario sabía que Fernando se sentía aún más desamparado que ella.

—Fer, no te estreses demasiado. Haz como si no existieran. Además, la Señora Luciana quiere que te pregunte cuándo estás libre para hacerle el tratamiento final.

—Volveremos a hablar de esto unos días más tarde. Vete pronto a la cama.

Tras finalizar la llamada, Fernando se acercó a la ventana mirando las luces que iluminaban la ciudad a lo lejos y dejó escapar un suspiro.

—¿Cómo voy a dejar que mamá y papá vean la verdadera naturaleza de sus hermanos y dejen de defenderlos? —Si este asunto no se resolvía, era seguro que volvería el desastre.

Pronto llegó la mañana siguiente.

Carlo, que fue capturado por Ramona en aquel entonces, pero rescatado por Tristán, se apresuró a acercarse a él.

—Jefe, esta es la información sobre la Familia de Fernando. Parece que nos perdimos de algo.

Tristán, que no había dormido en toda la noche, tomó la carpeta con los ojos inyectados en sangre, como no pudo poner un dedo sobre Fernando, la familia de éste se convirtió en su siguiente objetivo, sin embargo, cuando leyó la información que Carlo había reunido, se puso lívido.

Se levantó de un salto y abofeteó con fuerza a Carlo.

—Imbécil, ¿por qué no te enteraste antes de algo tan crucial como esto? ¿Cuándo se mudó la familia de Fernando a la Villa No. 1 de la Bahía Dragón?

Carlo se sujetó la mejilla dolorida y contestó:

—¡Yo también no sé lo que pasa, jefe, pero la familia de Fernando está viviendo de verdad en la Villa No. 1 de Bahía Dragón ahora mismo!

—¡Pedazo de basura inútil! —En su furia, Tristán tiró a Carlo al suelo de una patada y le arrojó la carpeta—. ¿No hay límites para este Fernando Lemus? Jerónimo le dio la Clínica Médica Jerónimo, ¿y ahora hasta vive en la Villa No. 1 de la Familia Mejía en Bahía Dragón?

Por primera vez, Tristán sintió la presión respecto al asunto con Fernando, era una presión con la que no estaba familiarizado.

Carlo preguntó con cautela.

—Jefe, ¿deberíamos hacer una pausa en el plan primero? ¿Deberíamos averiguar primero todo lo que podamos sobre Fernando?

Tristán, enfadado, le dio otra patada.

—¡Hoy es el último día dado por Fernando! ¿Crees que tenemos más tiempo para hacerlo? —Con un brillo vicioso en los ojos, continuó—: Correremos el riesgo y nos ceñiremos al plan. Me niego a creer que pueda poner el mundo patas arriba.

Luego, se dio la vuelta para hacer una llamada.

En un tono frío, dijo:

—Recuperamos información sobre la familia de Fernando, pero debido a razones especiales, tenemos que hacer algunos cambios en los planes. Muéstrale a Fernando lo que podemos hacer, ¡y haz que se someta a nosotros!

Como no quería enfadarse por ver a sus padres, Fernando se levantó sobre las siete de la mañana y salió de la Bahía del Dragón antes de desayunar para dirigirse al Hospital General a realizar una acupuntura a Sael, que, tras dos días de tratamiento, por fin podía sentarse con cierta dificultad. Además, parecía lleno de energía.

—¡Deprisa! Los heridos nos esperan. El tiempo es esencial.

Cuando Fernando llegó a la primera planta, encontró el vestíbulo sumido en el caos, decenas de miembros del personal médico remolcaban todo tipo de equipos y botiquines hasta la ambulancia. Fernando se detuvo en seco, no salió del hospital hasta que las ambulancias se alejaron con sus características sirenas.

—La vida es impredecible.

Se dirigió hacia el aparcamiento, donde Esteban esperaba junto a un auto negro cualquiera.

—Señor Aguilar, me le estuve preguntando desde ayer, pero ¿no es este auto un poco demasiado discreto para usted?

Esteban sonrió mientras abría la puerta a Fernando.

—Me gustaría mantener un perfil alto, pero mi abuelo decía que la gente privilegiada tiende a ser marginada y odiada por los demás. Si hiciera alarde de mi estatus, sólo conseguiría que se enfadaran más, así que tengo que mantener un perfil bajo.

—Don Aguilar tiene razón. —Fernando rio entre dientes y subió al auto.

Justo entonces, sonó su teléfono, era una llamada de Demetrio, cuya mano ya podía funcionar con normalidad, en cuanto Fernando descolgó la llamada, escuchó la voz angustiada de Demetrio.

—¡Fer, tu tío Raymundo acaba de llamar para decir que Javier y su hermana tuvieron un accidente! Date prisa y ven conmigo a comprobarlo.

Escuchar eso le recordó a Fernando las ambulancias que habían partido antes.

Levantó una ceja y dijo:

—Papá, no tiene sentido que vayamos. Sólo molestaremos al equipo médico del lugar. Vamos a visitarlos una vez que estén ingresados en el hospital.

Con eso, terminó la llamada, se frotó la barbilla y murmuró:

—Ojalá estuvieran todos muertos. —De ese modo, no necesitaría tolerarlos y mostrarles misericordia todo el tiempo.

Al escuchar sus conversaciones, Esteban notó que se le movía la comisura de los labios.

«Que cruel».

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