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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 1053

—Ustedes representan a la justicia, a quien deberían arrestar es a esta nieta desnaturalizada, no a ciudadanos honestos como nosotros.

Los demás miembros de la familia Romero hicieron eco de las quejas del anciano, gritando y enumerando a coro todas las supuestas faltas de respeto de Isabela.

Isabela respondió con una voz gélida:

—¿Que los vaya a visitar? ¿Creen que me atrevería? Ustedes querían venderme a mí y vender a mi madre. Cuando mi mamá se volvió a casar, ustedes nos buscaron para secuestrarme y venderme al mejor postor.

—¿Acaso alguna vez me criaron? ¿Invirtieron un solo centavo en mí? Cuando mi padre falleció, ¿qué hicieron por nosotras? Y ahora que ven que me va bien, quieren venir como sanguijuelas a quitarme todo. ¡Sigan soñando!

—Ya se los he dicho, demándenme si quieren. Si un juez dicta que debo darles una mensualidad, la pagaré, ¡pero no les daré ni una moneda más de lo que mande la ley!

La tía Celeste intentó intervenir:

—Isabela, todos llevamos el mismo apellido, la sangre de los Romero corre por tus venas. Entiendo que en el pasado tus abuelos y tus tíos se equivocaron con ustedes...

—Pero eso ya quedó atrás. Lo pasado, pasado. ¿Qué ganas con seguir reviviendo viejos rencores? Tus abuelos siguen siendo tu sangre; negarte siquiera a verlos me parece demasiado cruel.

—Pagar los gastos médicos de tu abuela no es nada para ti, ¿qué te costaba darnos ese dinero? De todos nosotros, eres la que mejor vive. Con la fortuna que tienes, soltar unos cuantos miles no te afectaría en nada.

—Pero para nosotros, la gente común y corriente, es una cantidad impagable que arruinaría a varias familias.

—Tus abuelos ya reconocieron su error, siempre dicen que se arrepienten de cómo te trataron. ¿No podrías ser más noble y perdonar a un par de ancianos? Ya no les queda mucho tiempo.

—El hecho de que el tiempo haya pasado no significa que lo que hicieron se borre, ni mucho menos que se deba perdonar —espetó Isabela—. El daño que le hicieron a mi madre y a mí es algo que jamás olvidaré en esta vida.

A veces dudaba de que él fuera hijo biológico de esos monstruos.

—Si no tenían dinero para pagar, ¿entonces por qué vinieron a destruir todo? ¿Creían que podían hacer destrozos como si nada? ¡Ustedes no respetan ninguna ley! —reprendió el oficial.

—¡Oficial, todo fue culpa de ella! ¡Ella nos incitó a hacerlo! Nos pagó a cada uno para que viniéramos a destrozarle la tienda a Isabela y vengarnos, y prometió darnos más dinero cuando termináramos —saltó la tía Celeste de pronto, señalando a Jimena.

—¡Sí, fue ella, ella nos dio las órdenes! —se apresuraron a confirmar los demás.

Los policías ya habían notado la dinámica en los videos. Jimena no había movido un dedo para romper nada, pero se la había pasado azuzando y alentando a los Romero. Con su historial delictivo, el cargo por incitación a la violencia no se lo quitaba nadie; parecía que esa era su especialidad.

(Queridos lectores, la semana pasada estuve hospitalizada por una cirugía. Ya estoy dada de alta, pero necesito reposo y no puedo estar sentada mucho tiempo, así que por ahora solo podré actualizar un capítulo diario. Espero su comprensión.)

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