—¡Ah, claro! ¡Yo les digo que rompan todo y ustedes como corderitos me hacen caso! Si todos saben que le tienen un resentimiento enorme a Isabela porque no les da dinero y no cumple sus caprichos. Si asesinar no fuera delito, ustedes ya la habrían descuartizado —se defendió Jimena.
—Ahora resulta que quieren echarme la culpa de sus propios errores. ¿Tienen alguna prueba de que les pagué para que vinieran a destrozar la tienda de Isabela?
Les había pagado en efectivo.
Ninguno había tomado fotos, y los billetes no tenían escrito de quién eran. ¿Cómo iban a probarlo?
Efectivamente, los Romero se quedaron mudos.
—Oficiales, admito que me quedé aquí instigándolos. Isabela es mi enemiga declarada, me ha hecho mucho daño. Ella es muy astuta y siempre camina al filo de lo legal sin cometer delitos...
—Pero el dolor que me ha causado es inmenso. La detesto con toda mi alma. Si alguien viene a destrozar la tienda de mi enemiga, ¿qué tiene de malo que yo aproveche para burlarme? Si cualquiera de ustedes estuviera en mi lugar, ¿acaso no se regodearía un poco?
—La tienda no la destruí yo, así que no piensen que voy a pagar por nada.
Dicho esto, Jimena se acarició el vientre, sacó un documento médico de su bolso y sentenció:
—Además, estoy embarazada.
Una mujer embarazada.
Incluso si la situación ameritaba cargos penales, su estado evitaba que la arrestaran tan fácilmente.
Jimena rebosaba arrogancia, sintiéndose intocable.
Al escuchar esto, Isabela soltó un suspiro de frustración en su interior. Se le había pasado por alto ese pequeño gran detalle: el embarazo de Jimena. Parecía que esta vez tampoco podría hacerle rendir cuentas.
—Jimena —gritó la señora Castillo mientras llegaba apresuradamente junto a su esposo, señor Castillo.
Alguien les había avisado del escándalo.

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