Al ver que su rostro se veía mejor, suspiró aliviada.
Temía que la visita de su exnuera lo hubiera entristecido.
—Llegaste —dijo la anciana.
—Quédate con Eli, iré a descansar un rato.
—Sí, ve a descansar. Yo cuidaré de él.
La anciana se dirigió a su nieto:
—Eli, descansa. Cuando recuperes la salud, tendrás más oportunidades.
—Lo sé, abuela. No me estoy rindiendo; soy el más interesado en recuperarme pronto.
Estar confinado a esa cama era de lo más frustrante.
Había muchas cosas que resolver. Aunque sus primos lo cubrían y no había riesgo de que el Grupo Silva colapsara, todavía le preocupaban ciertos asuntos empresariales... y también Isabela.
Su abuela tenía razón. Solo estando en plena forma tendría una oportunidad.
La Sra. Silva, que escuchaba atenta, titubeó antes de decir:
—Madre, me crucé a Isabela y a Álvaro Morales. Supongo que venían a ver a Eli.
—Sí, Isa me prometió que vendría este fin de semana. Es una mujer de palabra.
La anciana prefirió no ahondar en detalles sobre Isabela con su nuera. Luego de dar unas últimas instrucciones a su nieto, se retiró.
Los guardaespaldas la escoltaron de regreso.
Elías tenía una villa en la zona, donde de vez en cuando pasaba algunos días descansando y trabajando en los asuntos de la filial.
La anciana y su nuera se estaban quedando en la villa de Elías. Al resto de la familia Silva, la abuela los mandó de regreso.
Al ya no correr peligro de muerte, no hacía falta que todos velaran por él. Con ellas dos, el personal de servicio y los guardaespaldas, era suficiente.
Pero aún se resistía, quería luchar y hacer un último esfuerzo para tratar de salvar lo que quedaba.
—Álvaro es un buen hombre al que ambos admiramos. Estoy seguro de que harán muy buena pareja. La familia Morales ya aceptó a Isabela; casarse con Álvaro le conviene mucho más que casarse conmigo.
Aunque estaba internado ahí, su mente permanecía en Nuevo Horizonte. Gracias a sus hermanos o a Tomás Herrera, conocía todos los movimientos de Isabela y Álvaro.
Elías cerró los ojos y murmuró:
—Mamá, estoy agotado. Dormiré un rato.
—Duerme. Yo vigilaré los sueros. ¿Cuántos frascos te faltan hoy?
—No lo pregunté, supongo que será como ayer.
El doctor le había indicado que debía recibir sueros por varios días más.
Y él estaba dispuesto a acatar todas las indicaciones médicas, con tal de que aquello le ayudara a curarse por completo.

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