Y antes de matarla, habían abusado de ella. Había sido un final terrible.
Por eso Adrián Delgado le había advertido a Álvaro que sellara cualquier filtración. La policía sí podía intervenir, y además, ambas familias moverían todos sus contactos para encontrar la forma de rescatar a Caro de manera segura.
Si no había garantías para un rescate sin riesgos, tendrían que juntar el dinero y seguir las instrucciones al pie de la letra, dejando el pago en el lugar indicado.
Lo primordial era recuperar a Caro sana y salva.
Cien millones en efectivo era una suma que la familia Morales podía pagar sin problemas.
—Entendido, lo haré. Seguro que mi padre ya se encargó de bloquear cualquier filtración.
Después de colgar con Adrián, Álvaro llamó inmediatamente a su gente para asegurarse de que nadie abriera la boca. Luego se comunicó con su padre y confirmó que Esteban Morales ya estaba en casa.
Esteban había insistido en contactar a las autoridades, decisión que Álvaro apoyaba. La señora Morales se había resistido por miedo a las represalias, pero tras discutirlo con su esposo, no le quedó más remedio que ceder.
Mientras la policía era informada, Esteban ya estaba moviendo sus hilos para reunir los cien millones. Más valía tener un plan B.
—Pobre del infeliz que le haya puesto una mano encima a Caro. Cuando lo descubra, lo voy a despedazar. ¡Atréverse a tocar a mi hermana!
Álvaro escupió las palabras cargadas de furia.
Isabela, con la vista fija en la carretera, intentó aportar un poco de lógica:
—Estos tipos no tienen nada que perder. Cuando andan desesperados por dinero, buscan a familias con recursos. ¿Acaso no nos pasó a Elías y a mí aquella noche en la carretera?
La diferencia era que, en aquella ocasión, ella y su exesposo habían peleado con uñas y dientes hasta que llegó la patrulla.
Los atacantes no solo habían fracasado en llevarse a Elías, sino que la temeridad de Isabela había terminado por volcar su auto, entregándolos en bandeja de plata a la policía. Los pocos que lograron huir cayeron poco después.
Tras unos segundos de tenso silencio, Álvaro murmuró:
—La culpa es nuestra por confiarnos y dejarla salir sin seguridad.
—A Caro le choca tener a alguien pisándole los talones, siente que la están vigilando. Pero en cuanto vuelva a casa, no volverá a pisar la calle sin escolta.
—Y lo mismo va para ti —le advirtió Isabela—. Los secuestradores, cuando están desesperados, no se fijan en quién eres o a qué familia perteneces. Ven dinero y a alguien vulnerable, y atacan.
Después de lo que había sufrido con su propio ataque, Isabela nunca salía sin sus guardaespaldas.
Especialmente tras confirmar que Ulises Peña había regresado a esta vida en busca de venganza contra ella y Elías, Isabela mantenía la guardia más alta que nunca.
Tanto Elías como Álvaro habían estado escarbando en los asuntos de Ulises, siguiéndole los pasos de cerca...

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