Con el mayor descaro, se habían pasado el día entero en la cafetería comiendo pastelillos para ahorrarse el dinero de la comida. Como ni Isabela ni Mónica estaban presentes, el gerente no supo qué hacer con ellos.
Cuando cerraron el local, el grupo no tuvo más remedio que regresar al departamento que alquilaban.
Belén había estado hospitalizada un tiempo y sus gastos médicos habían sido elevados, cubiertos apenas exprimiendo hasta el último centavo de sus hijos e hijas.
Lo ideal habría sido que, al salir del hospital, regresaran a su pueblo, pero con la salud de Belén en ese estado, temían que sufriera algo durante un viaje tan largo. Además, aún no se resignaban a irse sin sacarle dinero a Isabela.
Tras debatirlo, los hijos de Pablo Romero decidieron regresar para retomar sus trabajos y ocuparse de sus familias, alquilando un pequeño departamento en la ciudad para que sus padres mayores se quedaran un tiempo. Belén necesitaba recuperarse antes de viajar.
Los nietos que no tenían empleo se quedaron con los ancianos para apoyar en la misión de exigirle el dinero a Isabela.
Ellos siempre habían vivido con lo justo, manteniendo a toda la familia con los ingresos de un modesto restaurante de mariscos. A pesar de estar en temporada alta, las ganancias eran pocas, y la situación se volvía aún más difícil durante la temporada baja.
El reciente gasto médico de Belén les había causado un tremendo dolor de cabeza a todos. Sabían que aún faltaban medicamentos, chequeos médicos periódicos y alimentos nutritivos, lo que significaba que necesitarían mucho más dinero.
Y pensar que Isabela, con cientos de millones a su nombre, no estaba dispuesta a darles ni un centavo.
La familia Romero odiaba a Isabela con toda su alma.
—Abuela, siéntese primero, nosotros vamos a ayudar a ordenar la casa. Apenas conseguimos este lugar por la mañana y no hemos tenido tiempo de limpiar.
El hijo menor de Joel Romero ayudó a Belén a sentarse en un viejo sofá de madera.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda