Todo era culpa de la crueldad de Isabela. Si ella hubiera pagado las cuentas médicas, sus hijos no estarían tan estresados y ella podría haberse quedado en una habitación VIP del hospital en lugar de compartir una con varias personas, donde el ruido era insoportable.
Isabela era tan rica que si dejaba caer siquiera un poco de dinero entre sus dedos, les sobraría para vivir con lujos y comodidades.
Belén no pudo evitar maldecir a Isabela en voz baja.
Los demás la escucharon maldecir en silencio y se apresuraron a darle una limpiada rápida al lugar. Luego, los cuatro jóvenes se turnaron para bañarse y se encerraron en las habitaciones con sus teléfonos.
Pablo Romero ayudó a su esposa a acostarse en la cama de la sala. Ya estaba viejo y cuidarla le exigía un esfuerzo que le hacía doler la espalda constantemente.
Echó un vistazo a las dos habitaciones y, al asegurarse de que las puertas estaban cerradas, sacó un fajo de billetes de su bolso y le dio un codazo suave a su esposa.
Al ver semejante cantidad de dinero, a Belén le brillaron los ojos. Una sonrisa de alegría iluminó su rostro y, cuando abrió la boca para hablar, Pablo le indicó de inmediato que bajara la voz, para que los nietos no la escucharan.
Él les había dicho a los jóvenes que ya no tenían dinero, que debían gastar lo menos posible, que buscaran trabajos temporales si podían y que, los que eran menores, se quedaran cocinando.
No podía dejar que los muchachos supieran que él escondía una gran suma.
Belén bajó la voz y preguntó:
—¿De dónde sacaste tanto dinero? ¿No dijiste que ya no nos quedaba nada?
—Una mujer me dio este dinero. No la conozco y tampoco quiso decirme quién era, solo me dijo que quiere que acabemos con Isabela. Esto es un anticipo, y si aceptamos hacerlo, nos dará otra suma.
—Una vez terminado el trabajo, nos entregará más de diez millones. Con esa cantidad, nuestros hijos y nietos podrán comprar casas, coches y casarse sin problemas.
En el pasado, la pareja despreciaba a Isabela por ser niña. Después de la muerte accidental de su hijo mayor, no pensaron en su bienestar y casi venden a la madre e hija. Sin embargo, amaban profundamente a los nietos que vinieron después.

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