—No regresaré.
Vanessa Ortiz estaba decidida a quedarse para cuidar de su hija. Sin importar cuánto intentara convencerla Isabela, no cambió de opinión.
Al ver que era inútil, Isabela no tuvo más remedio que rendirse.
Mientras tanto, se preguntaba a qué hora se iría el Maestro de la casa de al lado.
El Maestro y Elías Silva se encontraban a solas en el estudio.
El resto de la familia aguardaba en el primer piso. A la señora Fátima le habría encantado escuchar las revelaciones del sabio, pero él insistió en hablar en privado con Elías, así que no le quedó más remedio que esperar abajo.
Elías le ofreció asiento al Maestro y preparó una tetera. Al ver por la ventana la intensa lluvia que caía, comentó:
—Hace mucho que no llovía con tanta fuerza.
El Maestro respondió con un tono apacible:
—El día que te arrodillaste ante el altar, también llovía así de fuerte. La tormenta duró tres días y tres noches, el mismo tiempo que tú permaneciste de rodillas.
Elías se quedó helado.
—¿Dice que me arrodillé ante un altar por tres días y tres noches? ¿Cuándo ocurrió eso?
No lograba recordar haber buscado jamás el amparo de los dioses.
Mucho menos haber rezado arrodillado por tres días. Siempre había sido un escéptico. Si ahora había aceptado hablar con un experto, era solo porque las circunstancias le parecían demasiado místicas y, por insistencia de su abuela, decidió no descartar ninguna opción.
En el fondo, seguía sin creer en espíritus ni deidades.
Tampoco confiaba en supuestos videntes; para él, solían ser meros charlatanes.
El Maestro solo sonrió en silencio.
Elías repitió la pregunta un par de veces más, pero al ver que no obtenía respuesta, entendió la indirecta y dejó de insistir.
—Maestro, le pedí que viniera porque quiero saber si mi exesposa y yo todavía tenemos una oportunidad. En el pasado la lastimé profundamente y ella se empeñó en divorciarse. Solo cuando la perdí me di cuenta de mi error y quise empezar de nuevo, pero ella se niega a darme otra oportunidad.
Elías solo quería saber si aún existía un futuro junto a Isabela.
El Maestro respondió con tono sereno:
—No leeré el destino de ambos, porque es imposible. El hilo de sus vidas en este mundo es indescifrable para mí. Su destino está en sus propias manos. Ustedes decidirán qué camino tomar.
—Mi visita de hoy es únicamente para saldar el karma de un breve encuentro pasado que tuve con usted y con la señorita Romero.

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