Elías se negaba a verla a ella, pero estaba dispuesto a recibir a Isabela en cualquier momento y lugar.
Elías había cambiado. Había cambiado de verdad. Jimena ya no era su prioridad; Isabela la había desplazado y la había arrinconado por completo.
Con razón su hija odiaba tanto a Isabela. Ella le había arrebatado toda la atención que le correspondía a Jimena. Antes, Elías solo tenía ojos y corazón para Jimena, pero ahora todo era para Isabela.
¿Cómo había sucedido esto?
El matrimonio de Elías e Isabela, desde el principio hasta el final, solo había durado medio año. ¿Cómo era posible que Elías se hubiera enamorado de ella tan rápido, cuando había amado a Jimena durante más de diez años?
Más de diez años de sentimientos no habían podido competir contra seis meses.
Ana invitó a Isabela a entrar a la mansión.
La señora Castillo intentó colarse detrás de ella.
Ana se dio la vuelta rápidamente y le bloqueó el paso.
—Señora Castillo, por favor, retírese. Ya le dije que nuestro joven amo necesita descansar y no puede recibir visitas.
—¡Ella también es una visita! ¿Qué diferencia hay entre ella y yo? ¡Además, soy mayor y merezco respeto! Si ella puede entrar, ¿por qué yo no? Ana, sabes perfectamente que Eli siempre me ha tratado con mucho respeto.
—Si entro, Eli no dirá nada. Déjame pasar.
Ana siguió bloqueándole el paso y le respondió con tono de disculpa, pero firme:
—Señora Castillo, de verdad lo siento mucho, pero estoy cumpliendo órdenes. El joven amo fue muy claro al decir que no es conveniente recibirla. Por favor, retírese y no me ponga en una situación difícil.
La señora Castillo se puso verde del coraje.
Ana entró rápidamente en la mansión y cerró de golpe la enorme puerta principal, asegurándose de que la señora Castillo no pudiera forzar su entrada.
Al ver cómo la puerta se cerraba en su cara, la señora Castillo sintió unas ganas inmensas de hacer aparecer un mazo gigante y destrozar la entrada.
Mientras guiaba a Isabela hacia el interior, Ana comentó:
—El joven amo y la señora Fátima están allá, en el pabellón del jardín.
Isabela asintió y preguntó:
—Hace un momento vino un Maestro. ¿Qué le dijo al joven amo?

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