Elías salió de la mansión en su auto y rápidamente desapareció en la oscuridad de la noche.
Sabiendo que su nieto iba solo a rescatar a su exesposa, la anciana no pudo pegar el ojo en toda la noche.
Isabela no tenía idea de que Elías iba a rescatarla.
Cuando recobró el conocimiento tras el golpe que la noqueó, descubrió que no podía moverse. Sus manos y pies estaban atados, su boca sellada con cinta y sus ojos vendados. No podía ver ni hablar.
No sabía a dónde la llevaban.
Solo sabía que habían cambiado de vehículo varias veces.
Durante el trayecto, los secuestradores no pronunciaron ni una palabra.
Conducían en silencio y la vigilaban; de vez en cuando comían algo por turnos en el auto, pero jamás le ofrecieron nada.
Estaba sedienta, hambrienta y completamente desorientada en el tiempo. Cuando el cansancio la vencía, caía en un sueño ligero, solo para despertar nuevamente por los calambres en el estómago.
No supo cuánto tiempo había pasado hasta que, finalmente, le quitaron la tela que le cubría los ojos y la cinta de la boca.
Al haber estado a oscuras durante tanto tiempo, la luz repentina la cegó; parpadeó varias veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la iluminación.
—Señorita Romero, el joven Peña la espera adentro —le dijo el hombre vestido de negro mientras le desataba las cuerdas, para luego guiarla hacia el interior de la casa.
Por instinto, Isabela miró a su alrededor para evaluar el entorno. Se dio cuenta de que estaba dentro de una mansión desconocida, pero no tenía idea de la ubicación exacta.
—¿Dónde están mis dos guardaespaldas? —preguntó ella.
El hombre no le respondió.
Isabela insistió:
—¿Dónde están mis escoltas? ¿Qué les hicieron?
—Cualquier duda que tenga, señorita Romero, pregúntesela directamente al joven Peña.
¿El joven Peña?
Se refería a Ulises Peña, por supuesto.


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