Punto de vista en tercera persona:
El Rey Alfa permanecía en silencio bajo la sombra de una columnata cercana.
Nadie podía saber cuánto tiempo llevaba observando. Sus ojos descansaban sobre Laila, profundos y fríos como un estanque en una noche de invierno, llenos de emociones enredadas. Parecía que algo estaba a punto de abrirse paso, como hielo resquebrajándose, como el aullido de un lobo solitario perdido en un cañón lejano.
Entonces, en un instante, todo desapareció.
Su rostro volvió a la calma y la autoridad de siempre, como si nada hubiera ocurrido.
Dentro de la mente de Laila, Nita dijo con pereza: —Sinceramente, deberíamos elegir a Vagen como nuestra pareja. La orden de la Diosa de la Luna corre por su sangre. Y él no está maldito.
Laila no respondió.
Estaba a punto de acercarse para saludarlo, pero Vagen ya se había dado la vuelta y caminaba por otro pasillo.
Su capa oscura se agitó al desaparecer tras la esquina.
Perla parpadeó, confundida. —¿Por qué Su Majestad se fue sin decir nada?
—Quizá surgió algo urgente.
Laila negó con la cabeza y no le dio más vueltas.
Siguieron hacia la salida de la Corte Real.
En la puerta de la ciudad, un guardia hombre lobo se llevó el puño al pecho y habló con respeto.
—General Conlay, el príncipe Vance estaba esperando aquí para escoltarla de regreso a la manada. Pero los guardias reales de Su Majestad lo llamaron por un asunto urgente. Me pidió que le dijera que tenga cuidado en el camino de vuelta.
—De acuerdo. Entendido.
Laila asintió, sintiendo un calor expandirse por su pecho.
Sabía que le preocupaba que no pudiera lidiar con Morgana.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi Alfa pretende tener dos Lunas? ¡Se acabó para mí!