Perspectiva de Holt.
—Laila, se me había pasado por alto… tu obsequio. —Empujé la puerta de la habitación y entré de nueva cuenta.
La furia que me había dominado hace unos minutos provocó que lo olvidara por completo. Antes de marcharme al frente, le había prometido que le traería un frasco con tierra del Campo de Batalla de Vagen.
Su padre y sus hermanos habían perecido en ese suelo, y ella me había confesado que difícilmente tendría la oportunidad de viajar hasta un sitio tan remoto. Anhelaba tener esa tierra para poder rendirles tributo. A pesar de todo lo que había pasado, mantuve presente mi promesa, pero…
—¿Laila?
La estancia se encontraba desierta. Al observar con detenimiento, fruncí el ceño. El lugar lucía sospechosamente despejado. Los libros que solía devorar, su joyero personal, e incluso esa costosa taza de porcelana que se había traído de la Manada Silvermoon… todo había desaparecido.
En su lugar, unas maletas perfectamente cerradas descansaban junto a la pared. ¿De verdad tenía la osadía de planear su partida? Una ligera punzada de inquietud me recorrió el cuerpo, pero me sacudí el pensamiento de inmediato. ¿A dónde se suponía que iba a ir? Era una Omega que ya portaba mi marca, y el espíritu de su loba no servía para la defensa.
Apartarse de su Alfa y de su manada equivalía a firmar su sentencia de muerte, o algo peor. Ningún clan en su sano juicio se arriesgaría a darle asilo sabiendo que se ganarían mi enemistad. Esto no debía ser más que otro de sus teatros. De seguro pretendía infundirme miedo amenazando con huir para obligarme a dar marcha atrás.
El típico drama femenino. Pero seamos honestos, ¿acaso no la había tratado con todas las atenciones posibles? A pesar de que no me aportaba ninguna utilidad estratégica, jamás pasó por mi mente la idea de abandonarla a su suerte. Solté un bufido de desprecio, arrojé el obsequio sobre el escritorio y salí de ahí.
No importaba. Que se tomara su tiempo para enfriar la cabeza. Una vez que concluyera la ceremonia oficial con Maris, buscaría un espacio para ir a reconfortarla… siempre y cuando mostrara un poco de sensatez.
…
Perspectiva de Laila.
La residencia de Elara se erigía en el punto más elevado de la fortaleza. Siempre le habían fascinado los rincones apartados del bullicio. Durante todo ese año, recorrí este sendero prácticamente a diario; hubo ocasiones en las que incluso me quedé a pasar la noche.
Los hombres lobo poseemos un sentido del oído sumamente desarrollado, y a excepción de mí, nadie mostraba la menor disposición para velar el sueño de una loba anciana que se pasaba las noches enteras tosiento. Aquello terminaba por desquiciar a cualquiera.
Sin embargo, durante el trayecto, mi agudo oído me impidió ignorar los murmullos que se filtraban entre los pasillos.
—¿Será verdad que van a hacer a un lado a la Luna Laila? ¡Por la Diosa de la Luna, jamás en la vida se había visto que un clan tuviera dos Lunas!
—Bueno, tampoco es que sorprenda la decisión del Alfa. Maris ostenta el título de la primera mujer general del Reino Rydar. En cambio, la Luna Laila… es incapaz de mover un dedo.
—Corren rumores de que la Luna Laila carga con una maldición. Dicen las malas lenguas que se transforma en una bestia salvaje al caer la noche y que ella fue la causante de que exterminaran a la Manada Silvermoon.
—Qué espanto. Si eso es verídico, espero que empaque sus cosas y se largue de Manada Ironclaw lo antes posible. ¡No tengo el menor deseo de terminar convertida en una renegada sin hogar!
Al escuchar semejantes infamias, les clavé una mirada gélida a las sirvientas que se deshacían en chismes. Me había desvivido el año entero por levantar Manada Ironclaw, invirtiendo una fortuna en este lugar, y esta era la paga que recibía.
Y esa Omega que se atrevía a asegurar que yo me convertía en un monstruo nocturno… apenas hacía dos días le había entregado una fuerte suma de dinero para costear los medicamentos de su madre enferma. En cuanto se percataron de mi presencia, cerraron la boca de inmediato y agacharon la cabeza.
—Luna.
Asentí con la cabeza de forma distante y continué mi camino. No tenía el menor caso rebajarme a discutir con ellas. La verdadera fuente de este desprecio provenía directo de Holt. Para cuando puse un pie en los aposentos de Elara, el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte.
Desde esta altura, se dominaba la totalidad de la fortaleza. Las hojas de los árboles habían adoptado un matiz amarillento y se mecían con el azote del viento otoñal, dotando al paisaje de un aire melancólico. La Manada Ironclaw había gozado de una época de esplendor, pero comenzó a desmoronarse bajo la gestión de Holt.
Él solo consiguió llamar la atención del Rey Alfa tras salir victorioso en un combate reciente. Debería estar aprovechando ese logro para consolidar las bases del clan, pero… Qué más daba. De todas formas, yo ya iba de salida. ¿Por qué seguía gastando neuronas en los asuntos de Ironclaw?
Al entrar a la habitación, encontré a Elara recostada a medias en su lecho, mostrando un semblante mucho más saludable. Pero ese logro era fruto de mis cuidados diarios, no de esa tontería que afirmaba Holt de que revivió mágicamente al conocer a Maris. En cuanto me vio cruzar la puerta, me dedicó una sonrisa.
—¡Laila, qué alegría que vengas!


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi Alfa pretende tener dos Lunas? ¡Se acabó para mí!