En un instante, el silencio se apoderó de todo el lugar. Estaba tan silencioso, que se podía escuchar la caída de un alfiler.
—¿No dijiste que querías que me disculpara? —replicó Cristina.
Reina abrió mucho los ojos, mirándola con incredulidad, y dijo con enojo en su voz:
—¿Así que me abofeteaste?
Cristina entrecerró los ojos con picardía.
—Mm-hm.
Su actitud arrogante tocó una fibra sensible en Reina.
—¡Cristina Suárez, te voy a matar!
Se abalanzó sobre ella como si hubiera perdido la cabeza. Los ojos de Cristina se abrieron un poco y su respiración se entrecortó. Ella se hizo a un lado con agilidad. Deslizando en el aire vacío, Reina cayó con pesadez sobre la hierba.
Cuando los que estaban detrás de ella la vieron caer, corrieron hacia adelante, preocupados.
—¿Estás bien?
—Me duele… —La caída había arruinado su maquillaje y sentía un dolor punzante en las rodillas—. ¡Quien me ayude a vengarme recibirá mañana un bolso clásico de Hermès como recompensa!
Todo sabían que ese bolso era difícil de conseguir, incluso si uno tenía dinero, y era muy valioso.
Los ojos de algunos en la multitud se abrieron como platillos cuando escucharon eso. Casi todos a la vez, se volvieron hacia Cristina con miradas maliciosas, como si hubieran visto una presa gorda y jugosa.
Sintiendo algo raro en la atmósfera, Rita se paró de manera protectora frente a Cristina de inmediato.
—Deben pensar con cuidado quién está parado frente a ustedes. ¿Están seguros de que es alguien a quien pueden ofender?
Las miradas del otro se suavizaron un poco en un abrir y cerrar de ojos.
«A pesar de que no es la favorita, sigue siendo la esposa de Natán Herrera y no es alguien a quien debamos ofender».
La situación volvió a ponerse tensa y una atmósfera incómoda flotaba en el aire.
—¡Qué montón de inútiles! —Reina se puso en pie.
«¡Voy a salvar mi reputación, cueste lo que cueste!».
Su mirada era feroz. No había rastro del aire elegante propio de una socialité a la moda, que había mostrado antes.
Cristina frunció el ceño, concentrada, observando con atención cómo Reina se abalanzaba sobre ella. Justo cuando esta última estaba a punto de darle un golpe en la cara, Cristina levantó una pierna y le dio una patada en el pecho.
Reina soltó un grito de agonía y la multitud jadeó. Su cuerpo se enroscó hacia adelante y cayó de rodillas frente a Cristina.
—Me pateaste. Voy a denunciar esto a la policía. —Reina comenzó a sudar frío por el dolor insoportable. Al levantar la cabeza, vio la expresión helada de Cristina.
—Adelante. Estaré esperando —respondió. Con los labios curvados en una leve sonrisa, parecía un ángel frío y orgulloso.
Su aura era tan fuerte e intimidante, que los demás a su alrededor tenían aún más miedo de intervenir. Incluso aquellos que habían defendido a Reina antes, no tuvieron el coraje de ir y ayudarla a ponerse de pie.
En ese momento, la organizadora del banquete se acercó para verificar la situación después de escuchar la conmoción.
La organizadora era alguien con quien Reina estaba en buenos términos, así que, cuando Reina la vio venir, corrió hacia adelante de inmediato y comenzó a hacerse la víctima.
—Señorita Waldo, esta mujer tuvo la audacia de lastimarme en su evento. ¡Debe defenderme!
Jocelín y Reina solían ser muy amigas entre sí, y esta última nunca dejaba de halagar a la rica mujer. Basándose en su relación, Reina confiaba en que ella se pondría de su lado.
Cuando Rita vio a la mujer, el color desapareció de su rostro.
«¿No es esta la misma señorita Waldo a la que ofendimos esta mañana? ¡Incluso los dioses están contra nosotras esta vez!».
—¿Qué debemos hacer, Cristina? La señorita Waldo seguro aprovechará esta oportunidad para ponernos las cosas difíciles —dijo preocupada.
La expresión de Cristina permanecía tan tranquila como el agua quieta, y sus ojos fríos no mostraban signos de miedo.
Jocelín se acercó a Cristina. En un tono suave y preocupado, preguntó:
—Señora Herrera, ¿eso la sobresaltó?
Cristina se sorprendió por el brusco cambio de ciento ochenta grados en su comportamiento.
«¡Fue justo esta mañana que ella estaba en desacuerdo conmigo sobre mi opinión!».
—Queriendo demostrar que lo que dijiste no es cierto, elegí a propósito no usar un vestido blanco hoy. Para mi sorpresa, todos me elogiaron por verme por completo impresionante. También comentaron que, cuando vestía de blanco en el pasado, el color resaltaba los defectos de mi figura. ¡Fue entonces cuando me di cuenta de que Reina me había engañado!
Tomando la mano de Cristina, Jocelín continuó con suavidad:
—He decidido proceder con mi pedido de vestidos personalizados de usted. Seguiré sus consejos para todo.
—Si está dispuesta a seguir mi consejo, en definitiva, será un placer para mí diseñarle el mejor vestido —respondió Cristina con una sonrisa, sus ojos brillaban.
Cristina y Rita se fueron después de que terminó el banquete.
—¿Está bien tu cara? ¿Por qué me protegiste? —Mirando la mejilla un poco enrojecida de su asistente, Cristina no pudo evitar sentirse un poco culpable.
Rita se frotó la mejilla con suavidad.
—Vi que quería hacerte daño y tenía miedo de que te lastimaran.
—Te daré un bono a fin de mes. Lo contaremos como una lesión relacionada con el trabajo.
—En ese caso, no me importa que me hayan abofeteado —respondió Rita con una sonrisa, olvidando por completo su vergüenza anterior.
Cuando salieron, vieron a un Maybach negro detenerse justo frente a ellas.
La ventanilla del auto se bajó hasta la mitad y las luces iluminaron el perfil frío y resuelto de un hombre.
—Entra.

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