Cuando Cristina descendió de la cama, vio a alguien mirándola. Conteniendo la respiración, se tambaleó hacia atrás, conmocionada.
—¿Natán?
Con el ceño fruncido, Natán se secó el cabello con una toalla.
—¿Por qué pareces tan decepcionada de verme?
Cristina no esperaba que él fuera quien la salvara. Si bien ella se conmovió, sus palabras extinguieron de inmediato ese sentimiento.
—No sentí nada cuando te vi —escupió.
En respuesta, Natán tiró la toalla y la empujó de nuevo a la cama.
Su imponente figura exudaba una presión abrumadora mientras miraba a Cristina con frialdad.
—Te has vuelto más audaz, Cristina. Tienes un poco de valor para beber y socializar con hombres. ¡Si no fuera por mí, habrías sido devastada por ese hombre!
Una tormenta se gestó en sus ojos cuando pensó en otros hombres que la atacaban.
«¡Es su culpa por haberme llevado a ese rincón, pero tiene el descaro de amonestarme!».
Ella se sonrojó.
—Estamos a punto de divorciarnos. ¡La forma en que paso mi tiempo no tiene nada que ver contigo, Natán! —ladró Cristina con voz un poco ronca.
En ese momento, ella era como un cordero con el cuello mordido, gimiendo.
Natán no esperaba que ella le respondiera. Por lo tanto, la agarró de la barbilla y la besó. Su aliento caliente se mezclaba con el aroma del sándalo. De inmediato la tranquilizó.
Pero Natán acababa de probarla, por lo que aún no estaba dispuesto a liberarla. Continuó profundizando su beso, impidiéndole hablar.
Una mirada decidida pasó por los ojos de Cristina mientras le mordía el labio, haciendo que la sangre se derramara en su boca.
Gruñó.
Aprovechando la oportunidad, lo empujó y lo confrontó.
—Eres repugnante, ¿lo sabes? A pesar de que asististe a un banquete con Magdalena y te tomaste fotos con ella, me trajiste aquí y me besaste.
—¿Estás celosa? —Se burló Natán.
Ella resopló como si hubiera escuchado un chiste y se levantó de la cama.
—¿Por qué iba a estarlo? De hecho, preferiría que ustedes dos se juntaran para que firmes pronto los papeles del divorcio.
«No puedo esperar para dejarlo, irme con los niños y no volver a verlo nunca más».
Con los dientes apretados, Natán rugió:
—¡Cristina!
«¡No puedo creer que sea tan fría! La salvé anoche, ¡pero no puede esperar para mencionar el divorcio!».
Cristina miró su ropa sucia tirada en el suelo. Como ya no podía usarla, estaba preparada para salir de la habitación en bata de baño.
—Si tienes algo más que decir, hazlo por teléfono. Envíame los papeles de divorcio una vez que los hayas redactado.
Justo cuando llegó a la puerta, Natán gritó:
—¿Te vas a ir así?
Cristina echó un vistazo a su bata de baño, que estaba hecha para hombres. Era fea, pero cubría sus partes íntimas. Por supuesto, se sentiría avergonzada corriendo en bata de baño, pero tenía que actuar de manera obstinada frente a Natán.
—¿Y qué?
Natán no podía soportar verla irse en bata de baño. Sabía que no había nada debajo porque le había cambiado de ropa la noche anterior. Por lo tanto, la tiró hacia atrás.
—Quédate aquí. Me voy.
Sin demora, salió de la habitación.
Cuando Cristina presenció su partida, se sintió molesta. Después de volver en sí, iba a llamar a su asistente para que le entregara algo de ropa, pero el timbre sonó antes de que pudiera hacerlo.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi esposo es mi amante secreto?