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Mi exesposo me persigue tras el divorcio. romance Capítulo 3

Emma permaneció unos segundos dentro del coche con la frente apoyada en el volante, respirando como si recién hubiera salido de una pelea que no pidió.

Había llorado hasta quedarse seca.

Cuando por fin pudo mover la mano, buscó el teléfono y marcó a la única persona que podía sostenerla sin preguntas.

Mara contestó antes del segundo timbre.

—¿Em? ¿Todo bien? Pensé que me mandarías mensaje, estaba preocupadísima. ¿Cómo salió todo?

Emma cerró los ojos. Su amiga siempre sonaba como un abrazo.

—Mal, Mara… Fue peor de lo que imaginé.

—¿Qué pasó?

Emma tragó, como si tuviera vidrios en la garganta.

— Encontré a Damián con Lydia. Juntos. Besándose. Ella me dijo de todo. Él no… él no me defendió.

Mara guardó silencio unos segundos, los suficientes para que Emma escuchara cómo apretaba los dientes al otro lado de la línea.

— Ese malnacido… Dime que estás fuera de ese edificio.

—Sí. Estoy en el auto.

—Perfecto. Escúchame bien, cariño. No quiero que pases ni un minuto más respirando aire Blackwood. Nos vemos en la villa Black, ¿sí? Toma tus cosas, lo esencial. Llego en cuanto pueda. Y Em… te lo juro, no estás sola. Ni un segundo.

Emma asintió, aunque Mara no pudiera verla y bajó la mirada a su vientre. “No estoy sola”, repitió en su cabeza.

—Voy para allá.

Colgó y permaneció inmóvil unos segundos, observando el edificio a lo lejos, como si aún esperara verlo aparecer. Pero no lo haría.

El Damián que amó ya no existía.

Cuando llegó a la villa Black, los guardias la saludaron con la cortesía de siempre, sin notar que en apenas unas horas ese lugar dejaría de ser suyo.

El portón de su casa estaba abierto, como siempre, porque la gente entraba ahí como si fuera un centro comercial y Damián nunca les decía nada.

Y ahí, como un adorno costoso… estaba Bianca.

La hermana menor de Damián, apoyada frente al espejo del vestíbulo, sosteniendo una copa de vino y probándose joyas de la nueva colección como si fuera la dueña legítima de todo.

—Oh, mira quién volvió. ¿Tu esposo te dejó tirada otra vez o vienes a limpiar? Porque la cocina está hecha un desastre.

Emma respiró hondo.

La familia Blackwood siempre había sido así con ella.

Victoria Blackwood nunca la había aceptado como nuera.

Desde el primer día la llamó, con esa sutileza venenosa suya, “tu novia… humilde”. Y cuando Damián no estaba cerca, la máscara se caía por completo.

La mamá de Damián la acusaba de cazafortunas sin siquiera ocultarlo, insinuando que Emma había “olido la oportunidad” y se había casado demasiado arriba para su nivel.

Jamás perdía la oportunidad de ponerla en su lugar. Si veía a Emma sentada, le decía que la sala necesitaba ordenarse.

Si Emma se arreglaba, comentaba que una mujer “de su origen” no debería esforzarse en parecer lo que no era. Y si alguien las escuchaba, lo hacía pasar por un malentendido adorable.

Bianca era exactamente igual, pero sin delicadeza. Una copia joven, insolente y cómoda en su papel de princesa heredera.

Para ellas, Emma no era la señora Blackwood.

Era la intrusa.

La chica que, según la familia, Damián había escogido en un mal momento de su vida.

Y como si fuera poco, ambas la trataban como si fuera parte del personal de servicio.

—No tengo tiempo para ti, Bianca —murmuró Emma, caminando hacia las escaleras.

—Uy, qué carácter. ¿Qué pasó? ¿Finalmente entendiste que no perteneces aquí?

Emma la ignoró y siguió su camino hacia su habitación dejandola con la palabra en la boca.

En su habitación, el silencio la golpeó más fuerte que cualquier palabra.

Ese cuarto lo había decorado con amor, las cortinas que él dijo que le gustaban, la manta que eligieron juntos, las fotos… todas sonreían como si fueran dos desconocidos que pretendían ser felices.

Sacudió la cabeza esfumando los pensamientos y tomó su teléfono. Dudó unos segundos, hasta que respiró hondo y marcó otro número que no usaba hacía mucho.

—¿Emma?

—Mamá…

—Hija, mi cielo. ¿Por qué me llamas con esa voz? ¿Qué ocurrió?

Adiós, Damián Blackwood. 1

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