Sus labios fueron de pronto devorados por un beso feroz de Dorian.
Amelia forcejeó con todas sus fuerzas, echándose hacia atrás para esquivar el asalto de su boca, pero cuanto más retrocedía, más profundo se volvía el beso, hasta que ya no tuvo a dónde escapar.
En medio de esa lucha, su cuerpo terminó empujado contra la pared dura y helada.
Dorian le sujetó los brazos con tanta fuerza que parecía que la tenía rodeada por un muro de cobre, encerrándola por completo entre su pecho y la pared, creando un pequeño espacio donde solo cabían ellos dos. La besó con una voracidad salvaje y autoritaria, sin dejarle ningún respiro, ninguna posibilidad de apartarse.
Amelia luchó desesperada, intentando zafarse, y en medio del forcejeo, sin querer, mordió la lengua de Dorian. Todo ese frenesí se detuvo de golpe.
Amelia lo miró asustada al ver cómo una línea roja bajaba lentamente por la comisura de sus labios.
—Yo... tú... —quiso hablar, pero sentía la garganta bloqueada, como si algo la ahogara. Las palabras de disculpa y preocupación se le atoraron y solo pudo quedarse ahí, perdida, mirándolo sin saber qué hacer.
Dorian abrió la boca apenas, y con la punta herida de la lengua limpió la sangre de sus labios. Sus ojos negros se fijaron en los de Amelia, penetrantes, observándola con una calma escalofriante.
La furia y el descontrol ya no estaban ahí. Ahora solo quedaba una quietud gélida, impasible.
—Amelia. —Su voz resonó tranquila, sin titubear—. No te hagas ilusiones buscando a otro. Eres mía.
Amelia se quedó paralizada, sus ojos llenos de confusión y temor lo buscaron.
—No me importa en quién pienses. Más te vale olvidarlo.
Su tono seguía siendo sereno, pero cada palabra cargaba la fuerza de una orden imposible de rechazar.
—No te debo nada...
Por fin logró hablar, aunque la voz le salió ronca y temblorosa, cargada de tristeza.
—Sí me debes. —Dorian la interrumpió, tajante—. Dijiste que estarías conmigo hasta que creciera, pero no cumpliste. Juraste que iríamos a la misma universidad, pero en cuanto terminó el examen de ingreso, desapareciste. Cuando nos casamos prometiste que sería para siempre, pero a los dos años ya te habías ido. Me convertiste en papá, pero siempre me negaste ver crecer a mi hija. Ya sea como Amanda Sabín o como Amelia, nunca cumpliste ni una sola de tus promesas.
Al oír de nuevo el nombre “Amanda” en boca de Dorian, Amelia sintió un nudo en el pecho. Quizás porque en el fondo ya había empezado a aceptar que Amanda y ella eran la misma persona, por primera vez ese nombre no le provocó rechazo, solo una tristeza profunda.
Sentía como si hubiera perdido a otra versión de sí misma, y ahora no supiera cómo recuperarla.
...

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