Al ver que, a pesar de haberla desenmascarado, ella seguía tan indiferente, Germán dijo con resentimiento:
—Si es por dinero, ya no tienes que casarte con Higinio. Ahora yo también tengo dinero, te lo puedo dar si quieres. Además, mis dos piernas están sanas, ¿no soy mejor que un señor Villar lisiado?
Doris lo miró con seriedad.
—Germán, ¿sabes cuál es tu mayor problema?
Ante la mirada perpleja de Germán, ella continuó:
—Que siempre asumes lo peor de mí.
—Sí, admito que soy un poco distante en mis relaciones. Quizás no fui lo suficientemente atenta contigo en los dos meses que estuvimos juntos, ¿pero acaso es el primer día que me conoces? Nos conocemos desde hace dos años. ¿Y solo después de dos años te das cuenta de que no puedes soportarlo? ¿Qué pasó los dos años anteriores? ¿Tenías alguna tendencia masoquista que te hacía buscarme?
—Si de verdad quieres que te preste más atención, entonces esfuérzate por hacerte notar, en lugar de esperar que yo frene mi paso para esperarte, compadecerte y ceder ante ti.
Las palabras de Doris dejaron a Germán pálido y sin respuesta.
Detrás de Doris, Fátima había escuchado toda la conversación.
«¿A ese chico de la familia Benítez también le gusta mi hija?».
«Quién lo diría. Resulta que mi hija es muy cotizada».
Doris no quería seguir perdiendo el tiempo con él.
—Mi fiesta de bienvenida ha terminado. Si no hay nada más, vuelve con tu padre. Disfruta de tu vida de heredero en la familia Benítez. Como tú mismo dijiste, con tu estatus actual, no te será difícil encontrar una joven de buena familia para casarte. Podrás elegir a alguien a tu gusto: cariñosa, atenta y que solo tenga ojos para ti.
Dicho esto, apartó la mirada y caminó hacia su nueva y guapa madre y su apuesto nuevo padre.
—¡Doris, yo solo te quiero a ti! —gritó Germán desde atrás.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida