—¡Bah! —espetó Doris, y jaló a su nueva y guapa madre para ponerla detrás de ella—. ¡Tía, quién está enojada con usted! ¡Si vuelve a decir esas cosas delante de mi mamá y la hace sentir mal, se las verá conmigo!
Al ver cómo la defendía delante de ella, Fátima sintió que la sangre le hervía.
Tatiana, por su parte, miró la espalda de Doris, que la protegía, y no pudo evitar sonreír en secreto.
Aunque lamentaba no haberla tejido ella misma, esa capa protectora era verdaderamente impenetrable.
—Hija… —Fátima estaba a punto de romper en llanto.
Doris levantó una mano para detenerla.
—Basta, tía. Su actuación me da escalofríos.
Rápidamente, tomó de la mano a su guapa mamá con la izquierda y a su apuesto papá con la derecha.
—Ya que la tía quiere quedarse a ayudar, ¡pues que trabaje duro! Mis padres han estado ocupadísimos durante días preparando mi fiesta. Esta noche se irán a descansar como se merecen.
Tatiana y Felipe entendieron la indirecta. Se miraron, sonrieron y se dejaron llevar por Doris fuera del salón.
Fátima se quedó paralizada. Pero…
Mauro, apoyado en su mayordomo, se acercó. Al pasar junto a Fátima, la miró con desdén y negó con la cabeza.
—Quisiste lana y saliste trasquilada.
Dicho esto, también abandonó el lugar.
Fátima se quedó sin palabras.
Los pocos invitados que quedaban, en su mayoría parientes cercanos de los Palma, pasaron a su lado y comentaron con lástima:
—Fátima, ¿qué les pasa a ti y a Julián? Encuentran a su hija biológica después de tanto tiempo y, en lugar de consentirla y cuidarla, le rompen el corazón. ¿Cómo llegaron al punto de que prefiriera reconocer a tu cuñado y a tu cuñada como sus padres?
Fátima no sabía qué decir.
—¡Lo dudo mucho!
—Felipe y Tatiana tuvieron suerte. A su edad, sin hijos, parecía que toda la fortuna de los Palma iría a parar a la familia de Julián. Ahora, con una hija tan brillante que les cayó del cielo, ¡quién sabe cómo se repartirá la herencia!
—Con la fiesta de esta noche, la heredera legítima de los Palma se ha hecho famosa. Se ha lucido y se ha ganado el favor de Enrique. ¿Creen que el abuelo Palma la va a tratar mal?
—La vida da muchas vueltas.
—¿Qué vueltas ni qué nada? ¡Se lo merecen! ¡Rechazar a tu propia hija es no tener corazón!
—Tienes razón.
Después de despedir a los últimos parientes, Fátima contempló el enorme y desordenado salón de fiestas, furiosa. ¡Esa maldita mocosa! ¿De verdad tenía el corazón tan duro como para poner a su propia madre a hacer trabajo pesado?
A pesar de su reticencia, no le quedó más remedio que supervisar personalmente la limpieza.
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