Doris sonrió.
—Veo que está bien informado, Francisco. La noticia corrió rápido.
—¡Por favor! A estas alturas, todo el círculo de la alta sociedad de Solara lo sabe —dijo Francisco, y luego le contó lo que había pasado con Ricardo—. Hace unos días, el primogénito de su familia me llamó. Quería saber si conocía a algún médico experto en venenos. Le dije que sí, que conocía a una, refiriéndome a usted, claro.
Doris arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
«Qué interesante», pensó. «Ricardo, buscando una cura para librarse de mi control, termina recurriendo a mí sin saberlo».
Se preguntó cuán desesperado se sentiría cuando descubriera la verdad.
—Le dije que si usted volvía por aquí, le avisaría de inmediato —continuó Francisco, observando su reacción—. Pero también he oído que usted no se lleva muy bien con esa rama de su familia, así que…
Doris entendió a qué se refería Francisco. De ella dependía si le avisaba o no a Ricardo.
—¿Por qué cree que le puse un veneno, Francisco? —preguntó Doris con una sonrisa.
Francisco captó el mensaje de inmediato y respondió con una sonrisa respetuosa:
—Entendido. Entonces no le diré nada al señor Palma sobre su identidad.
Después de que Doris se fuera, Francisco negó con la cabeza.
«Qué lástima lo de la familia de Julián. Si hubieran aceptado a su hija, con la capacidad que tiene esta joven para hacer dinero, no solo se habrían asegurado la fortuna de los Palma, sino que habrían podido ascender a lo más alto de Solara. Pero no, tuvieron que ser tan ciegos como para rechazarla y entregársela en bandeja de plata a la otra pareja. Y para colmo, se la echaron de enemiga».
«Ahora sí que la van a pasar mal. ¡Se quedaron como el perro de las dos tortas!».
Apenas se había ido Doris, cuando sonó el teléfono. Era Ricardo.
Cuando colgaron, Francisco volvió a negar con la cabeza, pensativo.
«Pobre hombre. Su vida está en manos de esa jovencita, y él ni siquiera lo sabe. ¡Qué situación tan terrible!».
***
Tras terminar la llamada con Francisco, el director de la casa de subastas, Ricardo sintió tal frustración que estuvo a punto de estrellar también su celular de repuesto. Un último atisbo de cordura lo detuvo.
Romper celulares no solucionaría nada. Tenía que calmarse. Si no podía encontrar al experto del que hablaba Francisco, seguro habría otra manera.
Y si no quedaba de otra… ¡tendría que robarlo!
Claro. ¡Doris seguramente guardaba el antídoto definitivo en su casa!
Con esta idea, Ricardo recuperó el ánimo. Solo necesitaba contratar a un ladrón habilidoso, y el antídoto de Doris sería suyo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida