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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 133

Al oír las palabras de Doris, Ricardo se enderezó, con una mirada cada vez más gélida.

—Doris, no me vas a intimidar. ¡Aunque yo no pagara para eliminar las noticias, Patricio tiene la capacidad de resolver esto por su cuenta!

Doris volvió a reírse del otro lado de la línea.

—Vaya, qué valiente. Era solo una broma. Te llamo porque necesito que hagas algo.

—¿Qué cosa?

—Voy a hacer un jardín medicinal en el patio. En estos días, cuando tengas tiempo, me ayudas a arar y preparar la tierra. Y de paso me compras algo de fertilizante y esas cosas.

—¡¿Qué?! —Ricardo, estupefacto, casi rechina los dientes—. ¡Doris, no te pases de la raya! ¡Soy el primogénito de la familia Palma y quieres que me ponga a hacer trabajo de campo!

Desde niño había recibido una educación de élite, ¡y ahora era el presidente de una empresa!

¡Y Doris quería que arara la tierra!

¡Lo estaba tratando como si fuera un animal de carga!

—Vaya, ¿así que prefieres morirte antes que ensuciarte las manos? —dijo Doris con un tono burlón.

Recordando el dolor que sentía cuando el veneno hacía efecto, Ricardo reprimió su ira.

—No tengo experiencia en esas labores. ¿Por qué insistes en que lo haga yo? El resultado seguramente no será bueno.

—Con que haya resultado, me basta. Al final, el que se va a cansar eres tú. Cuando termines de arar la tierra, empezaré a usarla.

Doris lo dijo con total indiferencia, dejando claro que solo lo estaba molestando.

Ricardo no sabía qué decir.

—¿Lo haces o no? Si no, la próxima vez no te daré el antídoto.

Tras tomar una dosis, Ricardo solo podía evitar los efectos del veneno durante una semana.

—…Lo haré.

Casa de Subastas Central de Solara.

Al ver a Doris entrar, acompañada por un empleado, los ojos de Francisco, el director de la casa de subastas, brillaron. Se acercó personalmente para recibirla con sumo respeto.

—¡Señorita, qué gusto tenerla aquí! ¿Qué maravillas nos trae hoy?

Doris le entregó una caja de madera al empleado.

—Por ahora no hay nada nuevo. Son las mismas hierbas que han tenido mucha demanda, las que tratan las enfermedades más comunes en la gente mayor.

Francisco tomó la caja con entusiasmo, la abrió y vio tres plantas medicinales de excelente calidad.

—¡Perfecto, perfecto! Ahora mismo organizaré la próxima subasta. Seguiremos con la misma comisión del cinco por ciento para usted.

—De acuerdo —asintió Doris. Llevaba tiempo trabajando con Francisco y confiaba en él—. Transfiera el dinero a la misma cuenta de siempre.

—Claro… —Francisco cerró la caja y, de repente, recordó algo—. Quién lo diría. Resulta que usted es la heredera perdida de la familia Palma.

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