Con esa sutil sugerencia de Carolina, a Ricardo se le ocurrió una idea. Su expresión se tornó seria.
—La fiesta de compromiso está cerca. Parece que tendremos que usar esta información sobre Doris a nuestro favor.
Ricardo había captado su indirecta. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Carolina.
«¡Para que aprendas a presumir delante de mí, Doris!».
«¡Tu fiesta de compromiso con Higinio será el momento en que todos te desprecien y te cuestionen!».
Con este pensamiento, Carolina miró a Patricio, que yacía inmóvil en la cama. No podía negar que, antes de su accidente, al menos había hecho algo que la dejaba medianamente satisfecha.
Ricardo miró de reojo el bolso que estaba junto al portaviandas y preguntó con fingida indiferencia:
—Caro, ese bolso te lo regaló Patricio, ¿verdad?
Carolina se sorprendió un momento, pero asintió rápidamente.
—Sí, fue mi regalo de cumpleaños de este año. ¿Por qué?
—Por nada —sonrió Ricardo—. Solo pensaba que si te aburres de él, te compraré uno nuevo, el último modelo.
—¡Claro! —respondió Carolina con una sonrisa—. Pues gracias por adelantado, hermano.
***
Al salir de la habitación y llegar a las escaleras, Ricardo finalmente le preguntó a su asistente, que lo esperaba afuera.
—¿Ya dieron de alta a ese ladrón?
—Hoy le hacen una última revisión. Si todo está bien, le darán el alta.
—Bien. En cuanto salga, que se ponga a trabajar esta misma noche. Quiero que robe el bolso de mi hermana, ¿entendido?
—Entendido.
No sabía si estaba exagerando, pero Ricardo sentía cada vez más que su hermana adoptiva no era tan simple e inocente como siempre había creído.
La indirecta que le acababa de lanzar, por ejemplo, parecía calculada para que él se encargara de Doris.
En el pasado, Ricardo nunca habría dudado de las intenciones de su hermana.
Pero ahora, al pensar más a fondo y recordar ciertos detalles, sentía un escalofrío.
Aunque intentaba convencerse de que era la presión de Doris la que lo hacía imaginar cosas, el comportamiento reciente de su hermana le parecía cada vez más extraño.
Luego, se oyó la voz fría de Higinio.
—No quiero escucharlas. Mejor sigue arrepintiéndote toda la vida.
Doris soltó una carcajada. Higinio tenía un sentido del humor muy particular.
Al otro lado de la línea, Carolina se quedó en silencio.
Doris supuso que, tras esa respuesta tan cortante, Carolina estaba pensando cómo continuar.
—Higinio, me gustas. La razón por la que no me quedé a tu lado después de tu accidente no fue porque no quisiera casarme contigo, sino porque si no te convertías en el heredero de los Villar, nuestro matrimonio perdía su valor. Pero ese valor era para mis padres adoptivos, no para mí.
Doris se burló en voz baja. Carolina volvía a culpar a otros y a traicionarlos.
—Yo quiero casarme contigo porque me gustas tú como persona, no por tu estatus. Aunque no seas el heredero de los Villar, me sigues gustando.
Aunque, había que admitirlo, su forma de hablar seguía siendo conmovedora.
Lástima que Higinio no pareciera pensar lo mismo.
***

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