Al llegar a la habitación de Higinio, Doris se acercó a la cama y dejó el portaviandas en la mesita de noche.
—Come, mi mamá me pidió que te trajera esto.
Higinio notó un ligero cambio en su humor. Dejó la revista que estaba leyendo, la miró con una sonrisa y preguntó:
—¿Quién te hizo enojar?
Doris se sentó y sacó su estuche de agujas.
—Carolina, quién más. Escucharla hablar es tan incómodo como el estreñimiento.
La comparación fue tan gráfica que Higinio no pudo evitar reír.
—Se enteró de que puedo curarte las piernas y ya quiere volver contigo —dijo Doris, mirándolo de reojo.
—Pues yo no recuerdo haberle dado falsas esperanzas —respondió Higinio, con un aire de inocencia—. No sé de dónde saca esa confianza para creer que puede volver conmigo.
—Porque eres hombre —dijo Doris.
Higinio tomó el portaviandas y enarcó una ceja.
—¿Y se supone que a todos los hombres nos gustan las mujeres como Carolina?
—Ella cree que sí —respondió Doris.
Higinio abrió el recipiente y comentó:
—Pues, qué te digo… al menos yo no.
Doris se encogió de hombros.
—Como sea, no me importa. De todas formas, no es una amenaza para mí. Solo la mantengo cerca para que, cuando esté desesperada, termine por traicionar a la familia de Julián.
—Estoy de acuerdo —dijo Higinio—. No tiene caso gastar nuestro tiempo hablando de ella. Es un desperdicio.
Doris soltó una risita y comenzó el tratamiento.
Mientras comía lo que Doris le había traído, Higinio sintió que la comida de ese día estaba deliciosa.
Aunque no sabía exactamente qué le había dicho Carolina, la reacción de Doris le demostraba que ella se preocupaba por él.
Y eso lo hacía muy feliz.

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