¿Que qué soñé con ella?
¿Cómo describirlo?
Desde que Higinio quedó lisiado de ambas piernas, nunca había dormido bien, pero la noche después de conocer a Doris, durmió con una paz excepcional.
Quizá fue porque Doris le había asegurado con tanta convicción que podía curar sus piernas.
O tal vez porque Doris había aceptado volver a Solara para casarse con él.
Higinio sentía que era por lo segundo.
Porque…
—Esa noche soñé que me casaba contigo —confesó Higinio con total sinceridad.
Sí.
Así de claro y directo. Hasta en sueños ya estaba pensando en casarse con Doris.
Doris enarcó una ceja y, tras insertar una aguja de plata, continuó con la segunda.
—¿De verdad? ¿Un sueño tan formal?
Higinio sonrió.
—¿Y casarse conmigo te parece formal? ¿Acaso olvidas que después de la boda viene la noche de bodas?
Doris soltó una carcajada.
—¡Ah, es cierto! Pues qué pervertido eres, soñando esas cosas indecentes la primera vez que me conoces.
—Sí, bueno, parece que contigo siempre termino siendo indecente —admitió Higinio.
Doris, girando la aguja de plata entre sus dedos, dijo:
—No importa, me gusta que seas indecente.
Después de la broma, cambió de tema.
—Hoy resolví el asunto con la familia Palma. ¿Cómo van las cosas por tu lado? ¿Ya secuestraste a Silvia?
—En cuanto regrese, la secuestro —dijo Higinio—. Tú ya resolviste lo tuyo, no puedo quedarme atrás. Ya viste, si no me apuro, tu abuela y los demás no van a sentirse tranquilos entregándote a mí.
Doris se rio, pero el movimiento de sus manos al colocar las agujas no se detuvo.
—De acuerdo, mañana, después de dejar al señor Morales en su casa, estaré esperando para ver el espectáculo de tu lado.
***
Dos horas después, el tratamiento terminó.
Sin dejar que Rubén terminara, Higinio colgó.
Doris guardó el estuche de agujas.
—¿Era tu estúpido padre?
—Sí. La última vez mandé a que le dieran una paliza a Gabriela, y hoy sale del hospital. Quiere que le consiga un lugar donde vivir.
A Doris le dio más risa que cuando escuchó a Ricardo y a los demás decir que «se arrepentían».
—¿A estas alturas todavía tiene el descaro de pedirte algo así? Higi, de verdad, ¿por qué no mejor hoy, al volver, le das una paliza también a tu padre para que lo internen y le arreglen las ideas?
Higinio guardó su celular y sonrió levemente.
—Voy a considerarlo.
—No lo consideres, ¡pégale directamente! —dijo Doris—. Él no te trata como a un hijo, ¿por qué habrías de tratarlo tú como a un padre?
—Si le pego a Rubén sin un buen motivo, mi abuelo seguramente me pedirá cuentas. Necesito una excusa válida —respondió Higinio.
—Te dejas atar por demasiadas reglas —dijo Doris—. Encontrar una excusa es fácil. ¡En cuanto lo veas hoy, le das una paliza! Y si el señor Villar pregunta, le dices que hoy entró a la casa con el pie izquierdo, y según me leyó las cartas una vidente, eso iba a afectar la suerte de la familia Villar por todo el próximo año.
Higinio se quedó perplejo un instante, luego una sonrisa se extendió por su rostro.
—De acuerdo, haré lo que dices.

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