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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 443

Manuel no tenía intención de discutir con Rubén. Le advirtió con frialdad:

—Si quieres saber qué planea el joven amo, será mejor que vengas conmigo sin oponer resistencia. Si no quieres salir lastimado de nuevo, coopera.

—¡Está bien, iré contigo! —Rubén no se resistió, porque no tenía miedo en absoluto.

Durante su estancia en el hospital, había llegado a una conclusión: todas las jugadas sucias de su hijo Higinio no eran más que un berrinche por no sentirse querido.

Simplemente estaba resentido porque siempre había tratado mejor a Álvaro y a Gabriela que a él.

Igual que su madre en su día. Ya fuera atacando a Alexa o reprimiéndolo a él, todo lo que buscaba era su atención y su afecto.

Aunque a Rubén no le agradaban ni la madre de Higinio ni él mismo, estaba dispuesto a bajar la cabeza si eso significaba volver a su vida cómoda de antes. ¡No era tan mala idea!

***

Una hora más tarde.

—Joven amo, ya los traje —anunció Manuel al bajar del carro, mientras indicaba a los guardaespaldas que empujaran a Rubén y a Gabriela hacia adelante.

Durante la espera, a Doris le había entrado el sueño.

Se reclinó suavemente en la banca de piedra y cerró los ojos para descansar un momento.

Una brisa ligera acarició su cabello, trayendo consigo una sensación de frescor.

Higinio, temiendo que sintiera frío, tomó con cuidado la manta que cubría sus propias piernas y la colocó sobre ella.

Al oír la voz de Manuel, Doris abrió los ojos lentamente, bostezó con pereza y miró en la dirección de donde provenía el sonido.

Cuando distinguió la escena, una sonrisa despectiva se dibujó en sus labios.

—Vaya, no esperaba que la bastarda de Gabriela también estuviera aquí. Perfecto, así podemos encargarnos de padre e hija de una sola vez y ahorrarnos molestias.

Dicho esto, se levantó y devolvió la manta a las piernas de Higinio.

—Higi, tú haz lo tuyo. Yo me quedaré aquí observando, sin interrumpir.

—De acuerdo —respondió él en voz baja.

—No temas. Conmigo aquí, no dejaré que Higinio vuelva a hacerte daño.

Acto seguido, se volvió hacia Higinio y le espetó con dureza:

—Higinio, ya has castigado suficiente a tu hermano para desquitarte. ¿Qué es lo que quieres ahora?

Ante la acusación de Rubén, Higinio mantuvo una calma inquietante.

—¿Estás enojado? —preguntó con voz suave.

—¡¿Y no debería estarlo?! —rugió Rubén, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Eres un ingrato! ¡¿Cómo te atreves a ordenar a tus hombres que golpeen a tu propio padre?!

Higinio sonrió, pero era una sonrisa que no le llegaba a los ojos, una que helaba la sangre.

—Rubén, el que debería estar enojado soy yo. Me has engañado durante tres años… no, para ser exactos, durante veintiún años.

Los tres años de engaño solo correspondían al tiempo que había pasado desde que acogió en casa al falso Álvaro.

***

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