La decepción era un golpe devastador.
Y a Higinio le estaba ocurriendo lo mismo.
Había luchado tanto tiempo para finalmente poder traer a su hermano a casa, solo para descubrir que en realidad era un hijo ilegítimo de su padre.
Y su verdadero hermano había sido vendido por ese mismo hombre.
Incluso él mismo casi pierde la vida por culpa de los hijos bastardos de su padre.
—Y todavía te atreves a pensar que te dejaré vivir —dijo Higinio, apartando de una patada al hombre que suplicaba a sus pies.
Doris se quedó de una pieza.
En un arrebato de furia, Higinio había usado la fuerza de sus piernas.
Apoyándose en los reposabrazos, intentó ponerse de pie, pero el dolor agudo en sus pantorrillas y rodillas lo detuvo. Respiró hondo, tratando de controlar sus emociones, y marcó el número de Manuel.
—Tráeme a Rubén del hospital.
Tras dar la orden, colgó y se volvió hacia Doris. Con una mirada suave, forzó una sonrisa.
—Dori, regresa a la empresa, por favor. Yo me encargo del resto. No te preocupes por mí.
Pero Doris lo miró con una seriedad inquebrantable.
—Claro que me voy a preocupar. Eres mi prometido, ¿cómo no iba a hacerlo? A donde vayas, iré contigo.
Ante sus palabras sinceras, los labios de Higinio se entreabrieron. Tras un momento, volvió a sonreír, pero esta vez no era una sonrisa forzada, sino una que brotaba del corazón.
—Está bien. Entonces, quédate a mi lado. Me gusta tenerte cerca.
Siempre cerca.
***
Manuel pensaba llevar a Silvia de vuelta a su casa, pero tras recibir la llamada de Higinio, cambió de rumbo y se dirigió directamente al hospital donde estaba Rubén.
Apenas el carro se detuvo en la entrada principal, la puerta automática se abrió. Manuel desató a Silvia y, sin más, la empujó fuera del carro con una patada.
—¡Ah! —Silvia, con las extremidades recién liberadas, no pudo mantener el equilibrio ante el empujón inesperado y cayó al suelo.
La gente que pasaba por la entrada del hospital se giró para mirar.
Silvia sintió una humillación profunda. Conteniendo el dolor de las rodillas y palmas raspadas, se levantó, se quitó el trapo que le amordazaba la boca y se lo arrojó a la cara a Manuel, que acababa de bajar del carro.
Pero no logró su objetivo.
Manuel esquivó con un simple movimiento de cabeza el trapo empapado en saliva y luego dijo con frialdad:

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