—¿Y crees que voy a creerte? ¡Te lo mereces! ¡Por mentirnos, por mantener el contacto con tu padre a nuestras espaldas! Si me hubieras contado tus problemas antes, mi hermano y yo podríamos haberte ayudado. ¡Ahora, lo que te pasa es por tu propia culpa! —la regañó Patricio—. No pienso ayudarte. Y ni se te ocurra llamar a mi hermano. Por conseguirte un antídoto, él no se trató su propio veneno y ahora está en el hospital por el dolor.
—De ahora en adelante, arréglatelas como puedas.
Dicho esto, Patricio colgó sin piedad.
Jamás podría olvidar cómo, por defender a esa hermana adoptiva, había manipulado los frenos del carro de su propia hermana. Y mientras él estaba en coma, ella… No, no podía pensar en eso.
No quitarle la vida a Carolina era el mayor acto de misericordia que Patricio podía ofrecer.
—Patri, ¿era esa bastarda de Carolina? —preguntó Fátima, apretando los cubiertos.
No necesitaba respuesta.
—¡Cómo se atreve a llamarte! —exclamó, golpeando la mesa—. ¡Si no fuera por ella, no estaríamos en esta situación!
No solo los habían echado de la familia Palma, sino que el abuelo había sido tan cruel que ni siquiera les había dado una casa. Ahora vivían de sus ahorros.
Cuanto más lo pensaba, más furiosa se sentía.
—¡Claro, la sangre llama! Por mucho que la quisiéramos, ¡al final resultó ser una malagradecida!
La rabia dio paso al arrepentimiento.
—Si hubiera pensado en esto antes, si hubiera tratado bien a mi propia hija desde el principio, no estaría en esta situación.
—Patri —continuó, mirando a su hijo—, sé que tú y tu hermano querían mucho a esa bastarda, no soportaban verla sufrir. Pero ahora ella es la causa de nuestra desgracia. Por mucho que llore, no vuelvas a caer en su trampa. Se lo advertiré a tu hermano cuando lo visite en el hospital.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida