Carolina, cubierta de heridas, se escondía en el baño. Después de que Patricio le colgara, comenzó a buscar frenéticamente en su lista de contactos. La familia Palma ya no era una opción. Tenía que encontrar a alguno de los hombres que antes la pretendían para que la salvaran.
Si no, su padre, esa bestia, la mataría.
—César, soy yo…
—Ah, Carolina. Sí, sé quién eres. Eres la apestada de Solara, ¿qué quieres?
—César, antes te gustaba, ¿no? ¿Podrías…?
Antes de que pudiera decir «salvarme», la interrumpió:
—Ni lo pienses. Eso fue antes. Antes eras guapa, la mujer más talentosa de Solara. Casarme contigo habría complacido a mis padres. Pero ahora eres una impostora, te echaron de la familia Palma y dicen que tu padre adoptivo te desfiguró. ¿Cómo podría seguir gustándome?
Y colgó.
Carolina sintió que la desesperación la ahogaba.
Con dedos temblorosos, buscó otro nombre en su lista de contactos y marcó.
El hombre le colgó sin siquiera contestar.
¡Pum! Los golpes en la puerta se convirtieron en patadas.
—¡Ah! —gritó Carolina, casi dejando caer el teléfono.
«¿Qué hago? ¿Qué hago?».
No podía acabar así.
De repente, vio una notificación del grupo «La Élite de Solara».
Abrió el chat y se puso al día con los mensajes no leídos. Descubrió que Doris había hecho una apuesta con alguien del grupo llamado «Herminio».
Eduardo la miró, su ropa en desorden, y su mirada se enturbió.
Se acercó al sofá y se inclinó sobre ella, sujetándole los brazos.
Al ver la lujuria en los ojos de Eduardo, Carolina sintió pánico.
—¡Eduardo, bastardo! ¡¿Qué piensas hacer?!
Luchó con todas sus fuerzas, pero las heridas la habían dejado sin energía.
La mirada de Eduardo se volvió lasciva y asquerosa.
—Tu madre está en la cárcel por tu culpa. Llevo más de un mes sin tocar a una mujer. Ya que te echaron de la familia Palma y no me darás más dinero, al menos sírveme de algo con tu cuerpo.
—¡Eduardo, soy tu hija! —gritó Carolina, aterrorizada.

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