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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 552

¡Ese era su verdadero hogar!

***

—Patricio, ¿qué piensas hacer ahora?

Fuera de la villa oeste, Ricardo y Patricio no se fueron de inmediato. Seguían parados mirando las luces encendidas de la sala.

A lo lejos, se escuchaban risas.

Ricardo abrió el frasco y se tragó la píldora.

Aunque era el antídoto, sabía amarguísima.

Patricio dijo con firmeza:

—Seguiré componiendo, me convertiré en el número uno de la música actual. Y entonces haré el concierto más grande de la historia para darle a Dori el regalo de cumpleaños más inolvidable que haya tenido.

Hizo una pausa y miró a Ricardo.

—¿Y tú, hermano? Ahora que el abuelo no te va a dar la empresa, ¿qué piensas hacer?

Ricardo bajó la mirada.

—Después de todo esto, siento que estar vivo y sano es lo más importante. Creo que debo cambiar mi forma de vivir. Pienso irme un tiempo a Pueblo de la Luna, para experimentar cómo vivió Dori allá.

Patricio se sorprendió.

—¿Irte al pueblo a vivir? Hermano, papá siempre ha tenido muchas expectativas puestas en ti, ¿crees que te deje?

Ricardo sonrió con tristeza.

—Ya decidí que no voy a hacerle caso en todo a papá.

—Por hacerle caso a papá fue que nos alejamos de los tíos. Y por eso esta noche ni siquiera tuve derecho a entrar a la villa oeste.

Recordaba que, sabiendo que sus tíos no tenían hijos y temiendo que se sintieran solos, les había prometido visitarlos seguido.

De grande, olvidó esas intenciones.

Solo porque su padre siempre decía que él heredaría la mayor parte de la fortuna Palma y que no debía encariñarse con sus tíos, porque aunque no tuvieran hijos, al final serían competencia por la herencia.

Y ahora, no solo no tenía la herencia, sino que tampoco tenía el cariño de sus tíos.

En la pantalla, Higinio se veía tan guapo como siempre.

Tenía el cabello un poco despeinado, lo que le daba un aire relajado.

Sus labios finos se curvaron en una leve sonrisa.

—Sí, llevo quince minutos esperando, con miedo de perderme tu mensaje.

Doris se recostó en la cabecera, se acomodó y fue al grano:

—Mañana al mediodía, después de tu terapia, te acompaño a la clínica.

Higinio sonrió.

—De acuerdo, de hecho tenía pensado eso.

Sus ojos oscuros mostraron un rastro de amargura difícil de describir.

—Dori, todavía no soy capaz de torturar a mi propio padre para sacarle la verdad, pero ya no puedo posponer más la búsqueda de mi hermano.

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