A Doris se le iluminaron los ojos.
¡Eso significaba que ella podía encargarse de torturar a Rubén!
¡Perfecto!
¡Le encantaba poner en su lugar a la basura!
Al pensar en las cosas asquerosas que Rubén le había hecho a Higinio, Doris ya se moría de ganas de empezar.
—Higi, mañana déjamelo a mí. Yo no dudo a la hora de castigar a la escoria. Te aseguro que le sacaré a Rubén el paradero de tu hermano, solo no te vayas a ablandar si se pone feo.
—No lo haré. Ya perdí toda esperanza en Rubén. Además, me gusta verte en acción.
Higinio no mentía.
Si verla por primera vez en el pueblo plantó la semilla de su interés, verla destrozar a Ricardo en aquella fábrica abandonada fue lo que lo enamoró de verdad.
Aquella escena fue tan impactante y hermosa, llena de una violencia estética.
Higinio volvió a la realidad y preguntó:
—¿Cómo estuvo todo por allá? ¿Qué pretendía tu abuelo invitando a la familia de Julián a cenar?
—El abuelo quería que le quitara el veneno a Ricardo —explicó Doris—. Ya sabes que solo hay una forma de curarlo, así que no se lo quité de verdad, pero mientras Ricardo no haga tonterías, le garanticé que el veneno no volverá a actuar.
Higinio asintió comprensivo.
—Mmm, está bien así. Si Ricardo cree que ya se curó, probablemente no vuelva a molestarte.
—Yo pensé lo mismo. Ya lo torturé suficiente; si sigo, capaz y se mata de verdad. —Doris no es que tuviera el corazón blando, es solo que Ricardo no merecía morir.
Además, Ricardo era nieto de su abuelo; si ella causaba su muerte indirectamente, el abuelo podría resentirse y deprimirse hasta morir.
Higinio preguntó:
—Dori, falta medio mes para tu cumpleaños. Es tu primer año de regreso con la familia Palma, ¿cómo piensas celebrarlo?
El cumpleaños de Doris era el 21 de noviembre.

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