—Claro que sí —respondió Higinio sin dudarlo—. Haz lo que tengas que hacer.
Después de enterarse de la cruel verdad de que su propio hermano era quien quería matarlo, ya no había dolor que no pudiera soportar.
Doris lo miró con un destello de admiración en los ojos.
—No por nada eres el hombre que elegí.
Para curar la pierna de Higinio no solo se necesitaba una habilidad médica excepcional, sino también la cooperación y la perseverancia del paciente.
La actitud de Higinio dejó satisfecha a Doris.
La frase «el hombre que elegí» le sentó muy bien a Higinio. Una ligera alegría tiñó su expresión y ya no le importó en absoluto lo doloroso que pudiera ser el tratamiento.
Doris colocó sobre la mesa de piedra el estuche de agujas que había traído y varios frascos de polvos medicinales. Luego, con delicadeza, le subió la tela del pantalón.
Como sabía que recibiría tratamiento, Higinio se había puesto unos pantalones holgados y casuales.
Doris le echó un vistazo a la pierna y comentó con ligereza:
—El vello de tus piernas es muy sexi.
Higinio se quedó sin palabras.
A lo lejos, Manuel, que estaba de guardia, casi se atraganta al oírla.
Higinio también carraspeó, un poco avergonzado, antes de sonreír.
—Me alegra que te guste.
Doris enarcó una ceja sin detener sus movimientos. Después de arremangarle el pantalón, tomó el estuche, sacó una aguja y la desinfectó con alcohol.
—Claro que me gusta. Si no, ¿crees que habría aceptado comprometerme contigo?
—¿La familia Palma ya te habló de la alianza entre nuestras familias? —preguntó Higinio.
Doris bajó la cabeza para concentrarse en colocar la aguja.
—Sí, mi abuelo me lo mencionó esta mañana. Dijo que, como la verdadera heredera de la familia Palma, lo lógico era que yo me casara contigo. Acepté y mi abuelo me dijo que pasara más tiempo contigo.
—Mauro tiene razón —afirmó Higinio, muy de acuerdo—. Deberíamos pasar más tiempo juntos para conocernos mejor.
Doris guardó silencio un momento y se encogió de hombros.
—Como quieras.
A un lado, Ricardo observaba la interacción entre Doris e Higinio, pasando de la confusión inicial a finalmente comprender.
Le parecía extraño que Higinio, conociendo a Doris desde hacía tan poco, la tratara tan bien. Tanto su tono de voz como la forma en que la miraba estaban llenos de cariño y afecto.
Recordaba que, con Carolina, la actitud de Higinio siempre había sido cortés y educada; aunque era un caballero, se sentía una cierta distancia.
¿Será que a Higinio le gustaba más Doris y no sentía nada por Carolina?
No, Ricardo lo creía imposible.
¡Higinio simplemente estaba depositando en Doris la esperanza de que sus piernas pudieran curarse!
Un hombre de su estatus había visto todo tipo de mujeres. ¿Cómo iba a gustarle alguien como Doris?
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