Patricio se apresuró a decir:
—Abuelo, no quiero ir a la fiesta de Dori por la herencia, de verdad es solo...
Mauro colgó el teléfono sin dejarlo terminar.
Al escuchar el tono de llamada finalizada, Patricio bajó el celular con impotencia y se recargó, derrotado, en el respaldo de su silla.
Levantó la vista hacia el techo y esbozó una sonrisa amarga. Genial, ahora hasta el abuelo los había abandonado por completo.
...
Tres días después.
En un establo sucio y desordenado de un pueblo remoto.
—Ay, señora, qué lástima me da. Lleva tres días desaparecida y nadie la ha buscado. Se ve que su marido es un desalmado y sus dos hijos son un par de inútiles —dijo el conductor que había secuestrado a Fátima, recargado en la barandilla del establo, jugando aburrido con el celular que le había quitado.
Fátima, encadenada con dos grilletes de hierro, reaccionó de inmediato a las palabras del hombre:
—¡No digas estupideces! ¡Mi esposo me trata muy bien! ¡Mis hijos solo han estado muy ocupados últimamente, por eso no han podido prestarme atención!
—¿Ah, sí? ¿O será que no quiere admitir que a ellos les importa un comino si vive o muere? —El hombre le aventó el celular a Fátima—. Ándele, intente llamarles, a ver quién viene a salvarla.
Fátima se quedó atónita. No esperaba que aquel hombre realmente le devolviera el teléfono.
Durante esos tres días, aparte de golpearla y insultarla, el tipo solo le había dado de comer sobras y lavaza, la misma comida que a los perros.
Al principio, tuvo dignidad y se negó a comer.
Pero después de dos días enteros de hambre, no aguantó más. Aunque fuera comida de perro, se la tragó.
Mientras ella comía del suelo, el hombre se reía a carcajadas y la grababa con el celular.
—¡No estoy inventando nada! ¡De verdad me secuestraron, fue Dori quien lo planeó! ¡Ven a salvarme rápido...!
—Ya basta, Fátima. Dijiste que ibas a traer a Ricardo. ¿Acaso él no quiso volver contigo y ahora te desquitas con Dori?
Al escuchar que su propio marido no le creía, Fátima se desesperó.
—No es eso, Julián, de verdad estoy secuestrada...
—Si de verdad te atraparon, ¿cómo es que tienes oportunidad de llamarme?
—Es que el secuestrador dijo... que si les llamaba y venían a salvarme, me dejaría ir...
—Ni para mentir sirves. Si el secuestrador fuera tan buena gente, ¿para qué se molestaría en atraparte? Ya, deja de buscarle problemas a Dori. Si no puedes traer a Ricardo, regrésate tú sola.
Y sin darle oportunidad de explicar más, Julián colgó el teléfono.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida