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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 657

Al ver que ya no había ningún riesgo mortal inminente, Herminio apartó de un empujón a Carolina, que estaba frente a él.

—¿Diego? ¿Cómo sigues?

Carolina se trastabilló y estuvo a punto de estamparse contra la mesa de centro que Damián había pateado momentos antes.

Se apoyó con ambas manos en la mesa, bajando la cabeza para ocultar el coraje que traía atorado.

Pensó que esta noche a Doris le iría como en feria, que mínimo saldría raspada, pero resultó que la habitación estaba llena de puros inútiles.

¡Y claro, incluso Damián, en quien tenía tantas esperanzas, no dio el ancho!

Estaban en su propio territorio, ¡y dejó que Doris le pisoteara el orgullo sin meter ni las manos!

Diego gimió de dolor:

—...Llama... llama a alguien para que me pare la sangre...

Herminio se apresuró a presionar el botón de servicio del privado, pero todo el club La Candela era un caos absoluto. Nadie respondía por el radio y ningún mesero subía.

Carolina, tras recuperar el equilibrio, forzó una sonrisa de preocupación y se acercó para sugerir:

—Herminio, mejor pide una ambulancia directo. Si nos tardamos más, me temo que al señor Álvarez le va a pasar algo grave.

Ariana, por su parte, se limitó a lanzar una mirada fría a Diego, que estaba agonizando, y sin decir una sola palabra, tomó su bolso del sofá y se largó, dejando a los demás en el privado hechos bolas tratando de limpiar el desastre de Diego.

...

A poca distancia de la entrada de La Candela, un sedán negro permanecía estacionado en silencio junto a la acera.

Manuel, desde el asiento del conductor, mantenía la vista fija en la entrada del club. De repente, sus ojos se iluminaron y giró la cabeza para hablarle a Higinio, que iba en el asiento trasero:

...

En el cuarto de control eléctrico de La Candela, la luz era tenue y el ambiente se sentía pesado.

El gerente estaba de pie frente a Damián, sudando frío. Con voz temblorosa, le reportaba los resultados de la investigación a aquel hombre que tenía el poder de aplastarlo.

—Señor Carrasco, revisamos todo con lupa. Los guardaespaldas tienen heridas claras en los tobillos; parece que algún tipo de bicho venenoso los mordió y los intoxicó. Por suerte, el veneno era leve y se recuperaron solos al poco rato —el gerente tomó aire y continuó—. En cuanto al apagón, descubrimos que alguien bajó la palanca general, a pesar de que tenía puesto el candado electrónico de seguridad.

Damián escuchaba sin mover un músculo, pero su mirada estaba clavada en la caja de seguridad de la palanca, que parecía intacta. Sus ojos se oscurecían cada vez más, destilando una furia gélida.

El gerente pasó saliva y explicó con la voz entrecortada:

—Señor Carrasco, usted sabe bien que ese candado electrónico se mandó hacer especialmente para La Candela, con triple seguridad. Para abrirlo se necesita su huella digital, reconocimiento facial y la contraseña. A menos que sea un hacker nivel dios, es imposible burlar el sistema de vigilancia, hackear el candado y cortar la luz de todo el lugar.

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